Rezos a escondidas E-mail
Viernes, 23 de Agosto de 2013

Desde hace un tiempo a este parte, ando desquiciado por los nervios.

Es mucha tralla la que llevo encima, y ellos se han aprovechado para meterse en mi estómago y no dejarme dormir, no dejarme pensar, no dejarme sosegar mis latidos.

A día de hoy, lo he intentado casi todo para que nos llevemos bien, y por ahora lo único que me calma es pasear por Jerez al caer el sol y teniendo como guía al suspiro del viento.

Así que a él encomiendo mis pasos y mis rutas nocturnas, a sabiendas de que se ha convertido en la tabla de salvación a la que me aferro desde hace once años, teniendo en cuenta que me puede llevar donde él quiera o disponga, siempre y cuando se detenga un instante ante el azulejo de la Virgen de las Angustias.

Una vez allí, busco el silencio de su compañía para silabear una simple oración; acaricio sus dedos para sentir el calor de sus lágrimas; atrapo el eco de sus palabras para seguir mirando a la soledad de lejos;...

Al marcharnos de aquel rincón, ambos salimos con los bolsillos repletos de calma y tranquilidad, y hasta los mismos nervios se serenan ante ese sudario rodeado de sillares. A ver cuánto me duran así.

Evidentemente no llega a ser la misma sensación que cuando la tengo delante en un besamanos o he ido a verla a su camarín, pero me sirve para darme cuenta de que la tengo presente en mis labios, y en mis labios es donde Ella se sigue haciendo presente.

Es una manera como otra cualquiera de buscarla, de pedirle ayuda, de alargar mi mano para que pueda agarrarme a todo su brazo.

¿Cuántos de nosotros no le rezamos a una estampa o nos encomendamos a una medalla que siluetea el rostro de Jesús?

¿Cuánto de nosotros no le pedimos a alguien que rece por nosotros, pues ya las fuerzas nos faltan para seguir albergando la esperanza?

¿Cuánto de nosotros no necesitamos ver para creer, tocar para sentir, escuchar para saber?

Sé que muchos me dirán que el verdadero Dios está dentro de la Iglesia, titilando dentro de un Sagrario y no en un dibujo sobre loza que pasa humedad en invierno y se hincha al llegar el verano.

Sé que muchos pondrán el grito en el cielo y querrán que salga a buscar a Dios donde ellos precisamente lo ignoran.

Sé que muchos callarán cuando yo les diga que no necesito tenerlo presente para hacerlo presente en mí,… pero creo en ese Dios que siempre que he ido a buscarlo me ha abierto las puertas de sus oídos sin ponerme ninguna pega, sin cerrarme ninguna puerta, sin circunscribirme a ningún horario.

Como cuando era estudiante y me encomendaba antes de un examen al crucifijo sin rostro que dormía sobre la pizarra; como cuando perdí el norte y bajo su mirada gitana me encontré; como cada noche hago cuando acaricio la medalla del Señor de la Salud pidiéndole salud para los míos;…

Rezar a escondidas, ¿quién no lo ha hecho alguna vez?

Artículo escrito por el hermano Alberto Espinosa en su blog "El farol y la horquilla".

 

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