Prensa histórica de la Hermandad (II) E-mail
Viernes, 10 de Enero de 2014

Diario El Guadalete
Domingo 13 de abril de 1930, Domingo de Ramos.

CAPILLA DE LAS ANGUSTIAS

Las Angustias de María son honradas por sus cofrades.

Los anales de la vida son tachados con una fecha más; fecha en la que rinden pleitesía a la Santísima Virgen de las Angustias los fieles cofrades de esta antiquísima Hermandad.

El consuelo al dolor es el más preciado sentir que alberga en el fondeo del alma. Sufrir es refractario a nuestra naturaleza; gozar es la ambición que aletea en ella. Instintivamente nos alejamos del pesar; efusivamente nos acercamos al placer.

Es alto mérito ligarnos al dolor, máxime si este dolor aflige y embarga el corazón de la Madre pura y sin tacha en ese período de su vida en la tierra en que su Divino Hijo sufrió y murió por la salvación del género humano.

Sobre la devota y primitiva ermita que en los alrededores de la antes amurallada ciudad de Xerez recibía en su cobijo el homenaje del caminante, del guerrero y del devoto a las Angustias de María, siglos ha; deslizáronse los tiempos como la mansa corriente del arroyuelo que se sepulta en el mar, dejando a su paso con su benéfico riego las almas, recreciéndose en ellas el amor a María Angustiada.

Preseas valiosas enriquecieron su ermita, que agrandó sus proporciones convirtiéndola en artística capilla y los cofrades, al cortar el hilo de la vida la guadaña de la muerte, eran sustituidos por otros donde el mismo amor se anidaba en sus pechos imbuidos en la niñez por sus allegados. Esta bendita Madre nos pregona, cabe decirlo: tras la bonanza sucede la borrasca y en el furor de la tempestad nuestra fe debe ser irrompible y así al dolor sucede el gozo y la alegría.

Su devoto Santuario fue clausurado en el siglo pasado; yo la vi abandonar su morada, donde al despertar a la vida quizás mis ojos fueron impregnados con su visión, donde por vez primera asistí al Sacrificio Santo de la Misa, capillita que me atraía en mi infancia, gozándome a trueque de burlar la vigilancia materna escapar a ella para recorrer el Santo Via Crucis que los viernes se practicaba. Su septenario suntuoso era presidido por aquel caballero piadoso, hermano mayor, el marqués del Castillo, luciendo ricas preseas y ricos damascos sus balcones... Llegó el momento del traslado de la Amada Madre a la iglesia de la Santísima Trinidad; las lágrimas corrían por mis ojos adolescentes y al confundir mi triste mirada en los ojos de la Madre de los siete cuchillos, parecía que de ella se despedían rayos que ligados al dolor, dejaban un resquicio de fe en un porvenir risueño.

Corrieron los años del destierro, el amor bullía en el pecho de sus hijos; nunca la Madre Santa fue olvidada en su septenario y allá lejos, muy lejos, parecían verse ráfagas de bienandanza a poco convertidas en venturosa realidad.

Restauróse su alcázar en cuanto los medios alcanzaron y la Madona amada, en solemne procesión, fue llevada a su camerino, acompañada por sus devotos en cuyas faces se reflejaba el alborozo filial y las indescriptibles emociones que en sus pechos experimentaban.

Ora fue ocupada la capilla por la Comunidad Carmelitana al regresar a esta ciudad, ora por las monjas canónigas agustinas, que al abandonar el convento y capilla, se trasladaron al convento de su Orden en el Puerto de Santa María, quedando entonces reintegrada a la Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias.

Pero los cambios ocurridos dejaron la iglesia en estado bien lastimero; los ornamentos viejos e indignos para el culto Divino y sin medios para levantar lo que parecía en ruinas.

Pedid y recibiréis, dice Jesús en su Evangelio; y pidieron y tuvieron la fe que traspasa montañas y vence obstáculos... y recibieron!

Capillita de las Angustias, el anhelo en mi vivir era resucitar tu esplendor... ¿cómo describir tu inesperado resurgimiento? La fe y sólo la fe ha sido la antorcha que ha guiado a tus entusiastas cofrades de hoy.

Ha llegado la hora que ciña la cabeza de la Madre Dolorida corona ofrendada; ha llegado el instante en que, refundidos tus muros y retocado y alhajado tu camerino, lo presides rodeada de esplendor y sosteniendo tu Divina cabeza el rico manto devuelto a su primitivo estado; llegó el momento en que tapizaran los suelos de tu Santuario mullidas alfombras; llegó la ocasión en que los vasos sagrados y magníficos ornamentos constituyeran el ornato de tus espléndidos cultos; llegó la ansiada hora en que, recorriendo plazas y avenidas, rodeada de tus cofrades, recibas desde tu trono de deslumbrante riqueza y matizado de odoríferas flores, el agasajo de amor de tu pueblo.

Gracias, Soberana Reina, bendícenos a tu paso. Gracias, María Amantísima, que olvidas tu dolor de Madre de Dios para amar al hombre pecador. Gracias, Madre en la Amargura, al facilitar a tus cofrades medio de ensalzarte y honrarte.

Isabel García Pérez.
Jerez, abril de 1930.

 

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