"Mors mortem superavit" E-mail
Sábado, 19 de Abril de 2014


“Mors Mortem Superavit”

(la muerte venció a la propia muerte).


La certeza de la muerte de Jesús.

Los dirigentes de los judíos como era el día de la preparación, para que no se quedasen en la cruz los cuerpos el día de precepto, le rogaron a Pilatos que les quebrasen las piernas y los quitasen.

Fueron pues los soldados y les quebraron las piernas, primero a uno y luego al otro de los que estaban crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que estaba ya muerto, no le quebraron las piernas. Ocurrió entonces algo insólito, inesperado, algo realmente misterioso. Tal vez uno de los soldados no terminaba de fiarse de que estuviera muerto y no quiso que hubiera posibilidad ninguna de duda. Se echó a tras, tomo puntería y dirigió su lanza contra el pecho de Jesús. La hoja penetró entre la quinta y la sexta costilla, se abrió paso a través de la pleura, atravesó el pulmón y el pericardio, llegó hasta la aurícula derecha y quedó vibrando el palo por el efecto del golpe.

Y entonces ocurrió algo también desconcertante. Los muertos no sangran, pero la aurícula derecha del corazón humano encierra, aun después de la muerte, sangre liquida. Y la envoltura exterior contiene un líquido acuoso llamado hidropericardio. Por eso, cuando el soldado retiró la lanza, se vio salir de la herida un último chorro de sangre y agua, que corrieron a lo largo de todo el cuerpo.

De no haber muerto el reo, habría bastado este solo golpe para matarle: la herida fue de hecho tan grande que, tras la resurrección Jesús invitaría al incrédulo Tomás a introducir en ella su mano (Jn 19,31-34, 20,25-27).

 La noche del sábado.

¿Qué pasó la noche del sábado? ¿Cómo fue la resurrección? Nadie puede contestar a estas preguntas, nadie estuvo allí, sólo la noche lo sabe, como se canta en el pregón pascual.

¡Que noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó de entre los muertos.

Nada hay más arriesgado que escribir sobre este tema. El escritor sabe que toda la vida de Cristo se juega en el capítulo de la resurrección. Con ella todo toma sentido. Sin ella todo se reduce a nada. Ni la encarnación sería el nacimiento del Hijo de Dios, ni su muerte sería una redención, ni sus milagros serían milagros, ni su misterio existiría verdaderamente, si Jesús no hubiese resucitado. Sin ese triunfo final, Jesús quedaría reducido a un genio del espíritu o quizás simplemente a un gran aventurero, por no decir a un loco iluminado.

¿Y nosotros? ¿Qué sería de nosotros, creyentes, sin esa resurrección? ¿Qué sentido tendría nuestra fe, para que serviría nuestra Iglesia, en qué océano sin bordes se perderían nuestras oraciones, si Jesús hubiera sido devorado definitivamente por la muerte?

No, no exagera san Pablo cuando escribe:

Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, vana nuestra predicación. Seremos falsos testigos de Dios, porque contra Dios testificamos que ha resucitado a Cristo, a quién no resucitó si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, ni Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó vana es nuestra fe, aún estáis en vuestros pecados. Y hasta los que murieron en Cristo perecieron. Si sólo mirando a esta vida tenemos la esperanza puesta en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres (1 Cor 15, 14-20).

Los más miserables de todos los hombres. Creeríamos en vano. En vano esperaríamos. Nos alimentaríamos de sueños. Dedicaríamos nuestra vida a dar culto al vacío. Perderíamos todo aquello que habíamos sacrificado. Nuestra alegría se convertiría en grotesca. Nuestra esperanza sería la más amarga estafa cometida jamás.

Algo muy parecido a cuanto venimos describiendo es lo que experimentaban la noche de aquél sábado los amigos de Jesús. Multiplicado en ellos por la enormidad de su pérdida. Habían entregado al Maestro la totalidad de sus vidas. No solo sus aspiraciones religiosas, sino todo su ser. Por él habían abandonado sus familias, sus medios de vida. Le habían seguido con una entrega totalizadora, aún dentro de sus miedos, de sus fallos, de su traición final. Creían en él con la cabeza, con el corazón, con la fe, con sus mismos cuerpos. El era todo. Con él giraba el sentido del mundo.

Y ahora había muerto. Aquella cruz no era para ellos sólo la muerte de un amigo; no era siquiera la pérdida de un amor, era el hundimiento mismo de todo un mundo. Con su muerte lo perdían todo y empezaban a preguntarse si, al morir él, no habrían muerto también ellos.

¿Esperaban su resurrección? Si hacemos excepción de María, su madre, podemos decir que nadie la esperaba. La muerte de Jesús era para ellos tan definitiva como es para nosotros la del mejor amigo a quién damos tierra.

Pero ¿fue la resurrección de Jesús un hecho real? La primera respuesta a esta pregunta es que ninguno de nosotros estuvo allí. Que no tenemos pruebas “científicas” de la resurrección en sí. Todo cuanto sabemos nos llega a través del testimonio de quienes creyeron en él. Tendremos, pues, que centrarnos en el testimonio de los testigos. Y para ello nada mejor que los evangelios y cartas apostólicas.

La resurrección como primicia

Por último señalar, aunque sea muy rápidamente, otro aspecto fundamental de la resurrección, lo que tiene de salvación para el resto de la humanidad. Porque la resurrección de Cristo no termina en él. San Pablo presenta ese triunfo como una “primicia”, puesto que por un hombre ha venido la resurrección de los muertos (1Co 15, 20-23) y en Cristo serán llevados todos los hombres a esa Vida con mayúscula que él inauguró. Por todo ello la resurrección de Jesús es el centro vivo de nuestra fe.

Jerez, 19 de Abril del año 2014, Pascua de Resurrección.

José Ramón Mª Martín Badillo, o.s.s.m.
y cofrade de Ntra. Sra. de las Angustias.

 

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