Génesis y trayectoria de un Ciclo de Conferencias Cofradieras E-mail
Lunes, 25 de Febrero de 2008
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Génesis y trayectoria de un Ciclo de Conferencias Cofradieras
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Texto completo de la conferencia que Manuel Ruiz-Cortina ofreció el pasado 19/02/08 en el Sala Capitular de la Hermandad de las Angustias.

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GÉNESIS Y TRAYECTORIA DE UN CICLO DE CONFERENCIAS COFRADIERAS

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Cuando nuestro querido Hermano Mayor me llamó para que yo fuese este año uno de los componentes del Ciclo de Conferencias Cofradieras de nuestra Hermandad, le dije:

-Por favor, Fran, no me pidas eso. Yo estoy ya fuera de juego en esto del “mundo cofrade”. Pídeme cualquier otra cosa, pero dar yo ahora una charla... no.

Él, como es natural, insistió. Me trató de orientar mi colaboración en una especie de relatos míos vivenciales sobre nuestra Hermandad... Pero yo seguí insistiéndole en que tratara de pasar de mí este cáliz.

Pero, ante su insistencia y como quiera que a mi Hermandad no le puedo negar nada y a esta joven Junta de Gobierno tampoco, terminé diciéndole:

-Fran, cuenta conmigo para lo que sea. Mi Hermano Mayor me lo pide y yo le obedezco.


Y aquí estoy.


Voy a tratar un tema que me es muy grato y que me significó en su día el acercamiento cordial, a la vez que comprometedor, hacia un gran número de personas de alta formación, prestigio y conocimientos.

Me estoy refiriendo a la iniciación o génesis de este tradicional Ciclo de Conferencias.

Y lo voy a hacer por tres razones:

La 1ª: Porque creo que es bueno que conozcáis, los que ahora tenéis funciones de responsabilidad en nuestra Hermandad lo que se consiguió hace ya más de cuarenta años, cuando la gran mayoría de vosotros aún no existía.

La 2ª: Porque es una ocasión propicia para cumplir algo que les debo a dos hermanos míos – uno natural y el otro como si lo fuera – que en varias ocasiones me pidieron que transmitiese de forma documental todo lo acaecido - bueno o menos bueno – en la vida de nuestra querida Hermandad.

Y la 3ª: Porque creo que este Ciclo de Conferencias ha alcanzado cotas que le hacen superar – con creces – la barrera de la denominación de “tradicional” y debe ser conocido como uno de los eventos que colaboraron, muy de veras, con el inicio de una transformación espectacular de nuestras Cofradías y por ende de nuestra Semana Santa.

Por ello, antes de iniciar mi charla, quiero y debo dejar bien claro que todos mis recuerdos, todas mis declaraciones y todos mis testimonios son verdaderamente ciertos. Y en los cuales, o bien fui testigo directo o protagonista de los mismos.

Nada de lo que voy a relatar me ha venido de otras fuentes que no sean las de mis propias vivencias. Y si en mis palabras se pudiera encontrar algo que pudiera dar motivo a rechazo o condena, ésto solo sería de mi única y exclusiva responsabilidad.


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“Corrían los primeros meses del año 1.966. Para ser exacto era el día primero del mes de febrero.

La Junta de Gobierno de esta Hermandad se reunía bajo la presidencia de su Prioste Juan Pedro López O’fferrall, y de entre los puntos que en aquella reunión se trataron estuvo la votación de una propuesta que consistía en la organización, en nuestra Casa de Hermandad, de un ciclo de conferencias para cofrades.

La propuesta fue aceptada y se le encomendó la organización y puesta en marcha de aquel evento al Secretario de la Junta: Manuel Ruiz-Cortina Reimóndez y al Coadjutor: José Alfonso Reimóndez López.

La propuesta en cuestión había sido nuestra y la actuación de la Junta fue, a la vez que un refrendo a nuestras inquietudes, un...

“Está bien el tema pero que se ocupen ellos”.

Pero la verdad es que aquel equipo contó siempre con la colaboración y apoyo incondicional de todos sus compañeros de Junta.


Pues bien, nuestro deseo se había hecho realidad, el Ciclo de Conferencias empezaba a ponerse en marcha, los problemas... Empezaban a surgir.


HacÍa pocos meses que nuestra capilla había vuelto a abrirse al culto. De hecho la iglesia estaba durante toda la semana llena de escombros, ladrillos, tablones... que semanalmente retirábamos para poder celebrar lo más dignamente posible la misa de once y media de la mañana de los domingos.

La Imagen de la Santísima Virgen presidía la misa en su camarín y el lunes a primera hora estaba en la habitación que esta bajo el mismo. El trasiego de enseres era constante.

Se acababa también de acometer el montaje del actual retablo con lo que se aumentaban los inconvenientes en la subida y bajada de la Imagen al camarín, ya que el único acceso con Nuestra Señora podía lograrse por la iglesia, es decir por la boca del altar pues la escalera de entrada del camarín era tan estrecha y estaba en tan deplorable estado que no permitía su uso ante el peso y tamaño de la Imagen y sus portadores. De hecho encontramos un artilugio de una escalera con una especie de plataforma en su parte alta que, aún a costa de no mirar hacia abajo para no desistir en el empeño por las sensaciones de pánico ante una posible caída, nos permitía – con unas mínimas posibilidades de seguridad – realizar nuestro trabajo. Artilugio que además, ocupaba un espacio enorme en la capilla ya que no era una escala sino una escalera con peldaños, de enormes proporciones.

La iglesia durante todos los días de la semana parecía más un depósito de enseres que un templo al culto.

Es mas, algunos de los días en los que se celebraron aquellas primeras conferencias, la entrada a la sala capitular hubo que habilitarla por la propia capilla ya que la habitación bajo el camarín estaba ocupada con la Imagen de Nuestra Madre en el altar provisional donde la instalábamos.


Por otro lado estaba la Sala Capitular...El lugar donde íbamos a celebrar aquel evento.


La sala capitular era la que hoy ocupa el paso. Las diferencias estaban en que tenía por aquel entonces dos puertas de acceso desde la sacristía y no una como en la actualidad, formando parte de la misma la habitación que hoy ocupa la secretaría. Siendo sus puertas de fina madera – al decir fina madera no quiero decir buena madera sino estrecha madera – de dos hojas y cristales esmerilados. También no se contaba con el acceso al taller y almacén actuales que son espacios quitados al almizcate que tenemos por ese lado. Y por último, el hueco de entrada desde la iglesia lo llenaba un armario de madera empotrado que ocupaba la entrada en su totalidad y ocultaba la reja de hierro que existía. Mudo y pesado testigo de las monjas que ocuparon nuestra casa.

Recuerdo además, la presencia de aquel alambre que pendía del techo, en el rincón de la pared principal, a la izquierda y junto al cuadro con la imagen del Señor que acompaña al dosel del estrado, que no era otra cosa que el sistema que se tenía para tocar la campana a la hora de las misas.

Por lo menos entonces sonaba.


A pesar de de todo, bien es verdad que la sala capitular, a parte de estos detalles, aparecía como uno de los pocos sitios “algo más presentable” de nuestra sede.


En fin... La tarea era ardua pero a la vez apasionante. Nuestra ilusión superaba con creces a los inconvenientes que se nos iban presentando.

Puedo decir que la época en la que centramos aquel momento era una en la que existía una patente y clara situación de aislamiento particular de las cofradías de Jerez. Es más, no existía el menor gesto de confraternidad entre ellas y por ende entre los cofrades. Se trataba más bien de ir a la superación superficial de nuestras procesiones en una casi enconada postura de protagonismo particular que, en muchos casos rallaba en el menosprecio hacia las más humildes.

Para no haber, no había ni Pregón de la Semana Santa.

Fijaos: aun cuando el primer Pregón de Semana Santa celebrado en Jerez fue el pronunciado en 1.944 por Don José Cádiz Salvatierra, desde ese año hasta 1.966, es decir 22 años después, solo se celebraron diez. Y es mas, de esos diez, dos se dieron por Radio Jerez y solo los seis últimos fueron organizados por la Unión de Hermandades.

Desde 1.962 en el que lo pronunció Don Francisco Montero Galvache, no teníamos Pregón en Jerez.

Este año de 1.966, en el que iniciamos el Primer Ciclo de Conferencias, volvió a celebrarse el Pregón en Jerez, y desde entonces hasta ahora no ha dejado de tener lugar.

La apatía general de los cofrades era bien patente.

Ese acercamiento actual, esa convivencia mayor o menor, o esa colaboración entre unas y otras que tenemos ahora, en aquellos momentos parecían impensables.


Mira por donde, que aparece esta humilde pero Antigua y Venerable Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, con un templo rescatado del abandono y la ruina, con una cofradía que, aun contando con atributos de categoría pasaban desapercibidos ante tanta mediocridad vieja, que, además era deslumbrada por las relucientes nuevas obras de las demás cofradías de la ciudad.


Nuestra Santísima Virgen era la gran desconocida de la Semana Santa de Jerez.


Lo primero que aquella Junta de Gobierno quería hacer era conseguir aumentar la devoción a la Santísima Virgen. Tratando, para ello, de llevarla hacia el mayor número de personas posible. Arreglar su capilla para aumentar su culto y acercamiento al pueblo de Jerez. Aprovechar el legado de nuestros mayores y conseguir adecentar y dar utilidad a nuestra casa de Hermandad, tratando de atraer a la misma al mayor número de personas posibles, sobre todo a los jóvenes.

Aquellas conferencias podrían ser uno de los argumentos para alcanzar nuestros objetivos.

Si los cofrades por aquel entonces no solían ir a otras casas de Hermandad – entre otras cosas por que esas Casas de Hermandad casi no existían – Íbamos a aprovechar la nuestra y así los atraeríamos a ella.


Para ello, pensamos:


1º Que las conferencias deberían celebrarse los lunes, por ser el día de la semana en los que normalmente no existían cultos en las otras Hermandades. Siendo su hora de inicio las 9 de la noche, hora en la que los comercios ya habían cerrado sus puertas.


2º Apoyar las conferencias con un aliciente que llevara a las mismas a aquellos más reacios a soportar a alguien hablando durante un rato. Para ello se incluyeron a continuación, proyecciones de películas o diapositivas sobre Semana Santa, tema escaso por aquellas fechas y que suscitaba bastante expectación.


Y, 3º Ofrecer un pequeño ágape al final de las mismas que sirviera como motivo de acercamiento y convivencia entre todos los asistentes.

Recuerdo que en dichos ágapes, ofrecíamos con una copa de vino, unos frutos secos, aceitunas patatas fritas y unas galletitas saladas, cuyo coste abonábamos a “escote” los miembros de la Junta. Contando siempre con la colaboración de nuestro hermano Pepe García Delgado que nos enviaba el Fino Clarita y el Oloroso GarcíaDelgado.


Quiero, también, haceros ver que en aquellos años la penuria general en las cofradías era patente, pero en la nuestra más. Era una época en la que el “mecenas” era el valedor y mantenedor de unos gastos corrientes y sobre todo de unos gastos extraordinarios. Pero en nuestra Hermandad no había ninguno. Las listas de hermanos ni existían, por tanto ni se cobraban recibos de cuotas. Siempre pagaban los mismos, y en nuestro caso que, con la escasa nómina de hermanos con la que contábamos no se llegaba ni a doscientas personas, que era el número que conformaban ocho o nueve familias, nuestra situación era de auténtica miseria.

Y a pesar de ello, aquella Junta estaba inmersa en una obra que costó Dios y ayuda, terminarla de pagar. Esa obra no era otra que la de ésta Sala Capitular, la parte de la zona del bar y la escalera de acceso. Casi una Casa de Hermandad nueva.

Y si a ello le sumamos el estreno del nuevo paso, cuyo coste se salía de todo lo imaginario, creo que no miento al decir que el momento no podía ser más crítico.

Dicho esto, creo que comprenderéis que la situación era difícil. La única forma de sufragar los gastos era repercutiéndolos en nuestros propios bolsillos o bien recaudándolo a base de dar “sablazos”.


Pero nuestra ilusión de cambiar aquella situación era enorme.

Contábamos con dos razones primordiales: La fuerza de nuestra juventud y la seguridad de que esa pequeña pero entrañable y bonita Virgen de las Angustias nos echaría una mano: Como así fue, y como siempre ha sido.




 

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