Las angustias del periodista cristiano E-mail
Lunes, 09 de Marzo de 2009
Indice del artículo
Las angustias del periodista cristiano
Introducción
Primera angustia
Segunda angustia
Tercera angustia
Cuarta angustia
Quinta angustia
Sexta angustia
Séptima angustia
Todas las páginas

Gabriel ÁlvarezGabriel Álvarez Leiva nos ofreció la conferencia "Las angustias del periodista cristiano" el 14 de febrero de 2008 dentro del ciclo de conferencias cofradieras de año pasado.

A continuación publicamos completa la conferencia así como la presentación del orador, que corrió a cargo del también periodista Marco Antonio Velo.

 

 

 

 

 

 

 

El compañero Gabriel
Marco Antonio Velo

Gabriel Álvarez Leiva sostiene algo de los antiguos oradores versallescos, siempre galantes en los modos y rotundos en las formas, como un mentor de la actualidad que la anticipa cuando ni siquiera se atisba sus posibles envergaduras. Olisquea, ramonea, pronostica, vislumbra el argot del papel prensa en los albores de la calle, en el lobby de cualquier acontecimiento. No inventa los sucesos: sencillamente los prologa con ojo avizor, los interpreta con mirada precursora, los descifra con olfato de testigo directo.

Corre delante de los titulares como un gimnasta de teclado en ristre, como un redactor de lejanías que nos sirve la información en las bandejas de plata del rigor y del vigor, como una estilográfica bravata –y nunca barata– cuya tinta destila el sabor añejo del periodismo de multitudes. Juicioso e intransferible, siempre vocacional y nunca vacacional, por veces impulsor de inquietudes, constructor de una semántica pegadiza y no huidiza, telonero de la credibilidad y tesonero de la amabilidad. Pregonero de pro y de prez. Rociero de tos y de tez. Locutor de melodías cronificadas. Ponente de folios arborescentes.

Camarada y sombrajo, referencia y abrigo, túnica y botos, micrófono y palermo. Nazareno esciente y creciente, penitente lustroso e ilustrado. Un periodista de la modernidad a la antigua usanza. ¡Ahí es nada! Periodista de la modernidad a la antigua usanza. Sirve para servir, nada a contracorriente sin la hoja de ruta de la censura abanderando el pliego de descargo de su –fecunda y facunda– independencia. Un espadachín que bate en duelo a los malos modos, a la palabrería ramplona, a los suspiros de la falacia. Un remero del Volga y un romero de las arenas. Un Judá Ben-Hur que bracea su escritura en las galeradas –romanas o románicas o románticas– de las rotativas nocturnas.
Un hijo de su tiempo que no calla cuanto sabe pero sí sabe cuánto calla. Prudencia y jurisprudencia de esa especie en claro proceso de extinción que dimos en llamar hombría de bien. Padre de familia como Dios manda: osease un patriarca al desuso y al rebufo de las imperantes proclamas del pensamiento único. O –lo que viene a significar tres cuartos de lo propio– un desertor de la globalización rapaz, un enemigo a ultranza de la mediocridad ambiente, un disidente de la vagancia y la extravagancia de quienes –aferrados al talante de un izquierdismo de pacotilla– toman el mundo por montera, los valores humanos como el pito del sereno y los caminos de la dignidad como espantada por los cerros de Úbeda.

Buscador del oro de los cielos que perdimos: el respeto, la honestidad, la cortesía. Gabriel es purista y es asimismo seguidor de aquellos celebérrimos artículos maravillosamente plumeados de Joaquín Romero Murube cuyos párrafos reclamaban la reivindicación –nunca cesada ni cesante- del patrimonio inmaterial de nuestra Baja Andalucía. Redactor al pie del cañón, escribano que labora con las botas puestas, teclista de germanías, sujeto activo, culo inquieto, alma expansiva, eficacia contagiosa, compromiso invulnerable, afilado comunicador y afiliado comunicante.
Un invocador de la verdad, un incitador de la verdad, un contemplador de la verdad. Precisamente por esta motivación lleva grabada en la frente de su honestidad aquella máxima de Marco Tulio Cicerón que proclamaba a los cuatro vientos lo siguiente: “La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”. Es fácil comprobar cómo la mentira y el silencio son radicalmente expulsados en la voz y la palabra de Gabriel Álvarez. Absténganse los mediocres y los estómagos agradecidos de aproximarse a su acento periodístico.



 

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