María, Nuestra Señora, en la vida del seglar servita E-mail
Martes, 24 de Marzo de 2009

José Ramón Martín BadilloTal como indica el título, vamos a referirnos en las siguientes líneas a la presencia de María, Nuestra Señora en la vivencia de fe del seglar servita, el cual ha prometido hacer norma de su vida la Espiritualidad propia de los Siervos de María, comprometiéndose a vivir su consagración bautismal en el seno de esta familia religiosa; y que desde el  «carisma» servita sabe dar cumplida razón de su esperanza como creyente.

Ahora bien, nos parece oportuno apuntar unas notas históricas sobre el origen y desarrollo de la vida seglar en la Orden Servita, para una mejor comprensión.

Las Constituciones actuales de la Orden de los Siervos de María, en el capítulo introductivo, art.5, afirman: «el ideal de los Siervos ha suscitado en torno a nuestras comunidades o asociado a la Orden numerosas familias y grupos que, constituyendo expresiones particulares de vida consagrada o laical, participan de nuestra única vocación y forman una sola familia».

Entre estas «expresiones particulares» está presente en la Orden, desde hace siglos, la que hoy es llamada «Orden Seglar» y que, hasta época muy reciente, era llamada «Tercera Orden», habiéndose agregado en los últimos tiempos los Grupos Juveniles Servitas, las Diaconías Laicas y los Grupos Laicos Servitas, de los que forman parte un nutrido número de Hermandades y Cofradías.

Puesto que la Orden de los Siervos de María fue iniciada por siete laicos florentinos, no puede extrañarnos si la raíz más profunda de la Orden Seglar se va casi a confundir y a identificar con el origen mismo de la Orden. En poco tiempo, nuestros primeros Padres y sus seguidores constituyeron comunidades de personas de vida consagrada y, a la vuelta de pocos decenios, dieron vida a la Orden de los Siervos de María, la cual fue definitivamente aprobada por el Papa Benedicto XI en 1304.

La investigación histórica, si bien contando con escasez de elementos, confirma que desde los orígenes -en los conventos de la Orden- hubo individuos, hombres y mujeres, o grupos que querían compartir como «laicos» la espiritualidad y la vida de los Siervos.

El origen, por así decir, oficial de  la «Tercera Orden de los Siervos de María», se remonta a una Bula -que comienza con las palabras «Sedis apostolicae providentia»- del Papa Martín V, promulgada el 16 de Marzo de 1424. Al interés de este Pontífice por los Servitas no le fue extraño, tal vez el hecho de que en otro tiempo, siendo aún Cardenal Odón Colonna, hubiera sido «Protector» de la Orden (de 1407 a 1418).

El actual mayor conocimiento de la historia de la Orden de los Siervos de María demuestra que, sobre todo a partir de fines del siglo XVI e inicios del XVII, fue constante el empeño de los priores generales de la Orden por favorecer el desarrollo de la Tercera Orden.

Hacia finales del siglo XIX, en el contexto de la restauración de la Orden después de las duras supresiones llevadas a cabo por los regímenes liberales, se tuvo también un reflorecimiento de la Tercera Orden. Dos breves del Papa León XIII introducían modificaciones a la antigua Regla de Martín V. Sin embargo, sólo hasta 1925 se procedió a la publicación de una nueva Regla de la «Tercera Orden de los Siervos de María». Regla que fue sustituida por otra aprobada por la Congregación de religiosos el 1 de Mayo de 1966.

La reelaboración integral del texto de las Constituciones de la Orden hecha a partir del Capítulo General especial de Majadahonda (Madrid), en 1968, exigía obviamente un rehacimiento de la Regla de la Tercera Orden, lo que dio lugar a la aprobación “ad experimentun” de una Regla provisional el 29 de Diciembre de 1982. Una nueva Regla actualmente en vigor, fue aprobada por La Santa Sede, con fecha 29 de Abril 1995, entrando en vigor el día 15 de Agosto del mismo año, solemnidad de la Asunción de María Santísima al cielo, día en que, según cuenta la legenda de origine,  mientras se encontraban celebrando la vigilia de la Asunción de Nuestra Señora, la Santísima Virgen se les presentó a nuestros Siete Santos Padres y les comunicó su deseo de que fundasen una Orden para venerar sus Dolores y estar al servicio de los más necesitados, para ello, les dio las reglas de San Agustín y el hábito negro que compadeciera su dolor.

Tras haber expuesto unas notas históricas, vamos a introducirnos ahora a ahondar en las características propias del Seglar Siervo de María, al que ya hemos definido en el primer párrafo del presente artículo.

En la vida del Servita seglar, María está siempre presente. «Según el espíritu de la Orden, el Siervo de María seglar se inspira constantemente en María, Madre y Sierva del Señor, como imagen guía que lo lleva a una vida sencilla, servicial, orientada hacia Dios; en Ella encuentra el modelo perfecto del discípulo de Jesús; a Ella se dedica plenamente, la celebra particularmente como la Virgen Dolorosa, se compromete a profundizar en su conocimiento y en su función en el misterio de la salvación».

Siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos que tenían «un solo corazón y una sola alma» y de los Siete Santos Fundadores de la Orden, en la vivencia del Seglar Servita, tiene una gran importancia la vida de FRATERNIDAD, que dadas las circunstancias personales de cada uno intenta vivirse por medio de encuentros periódicos, tanto de oración como de formación.

Y ya que los hemos señalado, hablaremos ahora de la ORACION, y de la FORMACION. La oración, que es un deber esencial para el cristiano, en el seglar servita, constituye un compromiso particular para crecer en la fe, en la esperanza y para llevar a la perfección el Mandamiento del Amor, todo ello a la luz de la presencia de María, Nuestra Señora. Siguiendo las tradiciones de la Orden, el Seglar Servita tanto individualmente como en unión del resto de sus hermanos obsequia a la Virgen con especiales actos de veneración, tales como la Salutación angélica, la «Vigilia de la Virgen», la Corona de la Dolorosa y otros. Así mismo, celebra como fiestas de familia: las principales fiestas litúrgicas de la Orden, de Nuestra Señora, memorias marianas de la Iglesia local, la fiesta de la Virgen de los Dolores y la conmemoración y solemnidad de los hermanos Servitas elevados al honor de los altares.

Con respecto a la formación, decir que es constante, pues se hace periódicamente, buscando de la mejor manera posible el desarrollo y la madurez de la propia vocación. Dentro de ésta, se da gran importancia a la formación mariológica; habida cuenta de ser María Nuestra Señora el modelo del seglar servita, se pretende con tal tarea formativa, un mejor conocimiento de tan singular figura, al tiempo que pueda darse en las tareas de apostolado una auténtica catequesis mariana.

La PENITENCIA y actitud de CONVERSION, propias de todo cristiano, se traduce en la vida del seglar servita en la caridad entendida como aceptación recíproca y mutua.

El APOSTOLADO, tiene también una vital importancia para el Siervo de María, pues es manifestación de su vivencia de fe a la luz de Nuestra Señora, deseando irradiar en el mundo el amor de Cristo y ofrecer a los hombres un testimonio de vida y de dedicación a los hermanos, a ejemplo de María Santísima. Para ello el seglar servita se coloca ante el mundo desde posturas mariológicas y apuesta por la paz, por la cultura de la paz, por la cultura de la vida y por la cultura de la justicia. La imagen de la Virgen embarazada del Verbo, tiene que ser el motivo que le lleve a denunciar el “fariseísmo” de una sociedad y de unos políticos auténticos Herodes del siglo XXI, que mientras se manifiestan contra la pena de muerte y defienden a unos animales en peligro de extinción, aprueban el aborto y por consiguiente la condena a muerte de seres humanos inocentes (Mt. 2,16), a los que se les niega el derecho a nacer.

En cada Grupo Laico Servita, los hermanos, conscientes de sus cualidades y disposiciones personales, se integran en las diversas tareas a las que se sienten llamados, establecidas para canalizar el apostolado, todo ello envuelto en una total libertad y disponibilidad.

El que busca su inspiración en María, tiene que ser como ella:

  • Un juglar de Dios, capaz de cantar sus maravillas y denunciar las injusticias de los hombres, como María en el Magnificat.
  • Un signo de fraternidad en un mundo insolidario, como María en la Visitación.
  • Un ser libre de las ataduras y los prejuicios de la ortodoxia, como María en la visita de los pastores y los magos.
  • Itinerante, como María en la huida a Egipto.
  • Acogedor, como María en el Cenáculo.
  • Un testimonio de amor consagrado a Dios y al hombre, y un compañero de aquellos que buscan al Señor.

Si nos inspiramos en María, nuestras Fraternidades y Hermandades, serán auténticas comunidades de hermanos, que haciendo presente la oración que en la última cena, dirigió Jesús a su Padre “Que sean uno como tú y yo somos uno” (Jn. 17,11), se rigen por los siguientes valores:

  • Servicio y no dominio.
  • Fraternidad y no poder.
  • Acogida y no rechazo.
  • Misericordia y no opresión.
  • Opción por los marginados.
  • Capacidad de entrega.
  • Admiradores de lo verdaderamente humano.

Porque solo así se transformarán en la “familia de la Virgen”.

Familia de la Virgen, que hace de su capilla y su casa de hermandad “la casa de la Virgen”, donde se reúnen los discípulos que han recibido del Señor mismo a María como Madre, donde se respira paz y fraternidad y se perdonan y olvidan las ofensas; donde el poder se ejerce no desde el privilegio de unos pocos, sino desde el servicio para todos; donde la celebración de la eucaristía, la oración y la lectura-meditación de la palabra de Dios, nace de una necesidad de acercarse a él, y no, como consecuencia de una obligación, que, en algunos casos es pura apariencia; donde nadie es marginado por razones de sexo, cultura o posición social.

En nuestro empeño de servicio, la figura de María al pie de la cruz tiene que ser la imagen que nos guíe. Puesto que el hijo del hombre es aún crucificado en sus hermanos, nosotros los Siervos de María, tenemos que estar con ella a los pies de las infinitas cruces de los que sufren el azote del paro, de la droga, de la prostitución, de la delincuencia; estar al lado de las víctimas del terrorismo, de las guerras, de los que sufren la marginación por motivo de raza, sexo, creencias políticas o religiosas; o incluso, por padecer algún defecto psíquico o físico y en definitiva, de todos los que sufren en el cuerpo o en el alma.

Pero tengamos muy presente que esa contemplación de la figura de María junto a la cruz, no puede ser solamente la de sentir compasión por un hecho que ocurrió hace dos mil años, porque corremos el peligro de quedarnos en un sentimentalismo estéril, que en algunos casos, puede llevarnos a la autocompasión. Tengamos muy en cuenta que Cristo no esta muerto, Cristo esta vivo y presente entre nosotros y con él, María de Nazaret. La gran asignatura pendiente para nuestras fraternidades y hermandades, es la de no saber celebrar adecuadamente los misterios pascuales, pues estamos tan ensimismados contemplando la sepultura, que nos quedamos en el Sábado Santo y no somos capaces de enterarnos de la “buena noticia de la resurrección”.

Y por último, la Orden de los Siervos de María, tiene un tesoro y un privilegio:

El tesoro: Santa María. Ella es el regalo infinito que Dios ha puesto en nuestro camino para seguir las huellas de Cristo. Los siervos de María debemos ser portadores de esta riqueza para toda la Iglesia, ofreciendo este maravilloso don a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y haciendo presente a la Señora en el corazón del pueblo humilde y sencillo que busca a Dios, siendo como ella fieles discípulos de Cristo, Jesús de Nazaret. Superando las dificultades, caminando a través de la oscuridad de la fe, con duda, con incertidumbre, pero sintiendo la mano apretada del Señor.

Y el privilegio. “Vivir el evangelio como María, ése es el privilegio”.

Estas son a grandes rasgos las características de la vida del Siervo de María seglar, en las que siempre la presencia de la Santísima Virgen se hace y muestra patente, animando y alentando a cada hermano en su vocación de entrega y generosidad.

José Ramón Mª Martín Badillo, o.s.s.m.

 

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