María junto a la Cruz E-mail
Domingo, 02 de Septiembre de 2007

José Ramón

El Camino del Discípulo pasa a través del Calvario

Artículo del hermano José Ramón Martín Badillo.
Publicado en el Boletín nº 5 de la Hermandad, septiembre de 1997.

 

 

 

 

 



"Estaban presentes junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena", así recita el célebre versículo 25 de Jn. 19.

La comprensión del significado de la cruz en la vida del creyente es eficazmente sintetizada y expresada por Juan con la figura de María, auténtica discípula de su Mesías.

María, junto a la cruz de Jesús, no es descrita por el evangelista como una madre dolorosa, que sufre "por" el hijo, sino como la mujer que padece "con" el "Hombre de los dolores" (cf. is. 53,3; Rom. 8,17). Acuñado por Jacopone de Todi en su "Stabat Mater", el término "dolorosa", ausente en los evangelios, pone más el acento sobre el sentimiento que sobre el significado de la activa participación de María en la Cruz del Mesías.

En la narración teológica de la muerte de Jesús, el evangelista subraya que María está de pie junto a la cruz de Jesús. El uso del verbo "estar de pie" quiere significar que María no ha llegado allí arrastrada por los acontecimientos, sino que está presente de forma libre y voluntaria. No se trata de una madre oprimida por el dolor, que está junto al hijo aunque sea condenado como un criminal y un blasfemo, sino de la valiente discípula que ha elegido seguir a su maestro aun a riesgo de su propia vida, mientras que los apóstoles, que habían jurado estar dispuestos a morir por Él, han huido cobardemente (cf. Mc. 14, 29-31; Mt. 26, 56).

María junto al patíbulo se adhiere activamente a Aquel que "derriba del trono a los poderosos" (Lc. 1, 52): se pone de parte de las víctimas de estos poderosos y hace suya la cruz, es decir, acepta -como Jesús- ser considerada también un desecho por parte de la sociedad, con tal de se presencia del amor de Dios en medio del mundo (cf. Mc. 8,34). Por esto el evangelista no escribe que María esté "bajo" el patíbulo, sino "junto" a la cruz. Mientras la primera expresión habría acentuado el sentimiento de opresión "bajo la cruz" propio de quien no tiene otra alternativa sino la de una pasiva aceptación de los hechos; la segunda, ya usada por el evangelista para indicar la comunión de vida entre los discípulos y Jesús ("... y se quedaron a vivir con él", Jn. 1,39), significa la voluntariedad y la proximidad de María a la Cruz: la discípula es crucificada por el Maestro por haber hecho suyos los valores de éste, por haberse atrevido a sustituir el Dios de la religión por el Padre amante de todos los hombres, independientemente de su credo religioso y de sus condiciones morales (cf. Lc. 6,35).

No ha sido fácil para María. Para situarse junto al crucificado se puso en contra de la propia familia que, además de no tener ninguna confianza en Jesús, lo consideraba loco (cf. Mc. 3,20; 6,24; Jn. 7,5); tuvo que romper con su religión que, en la persona de su representante más alto, el Sumo Sacerdote, había excomulgado a Jesús condenándolo por blasfemo (cf. Mt. 26,65; Mc. 3,22); y por último, eligiendo al condenado (cf. Mt. 27), se atrevió a enfrentarse al poder civil que ajusticiaba a aquel galileo como peligroso revolucionario (cf. Mt. 27,38).

Los creyentes, seguidores de un ajusticiado, tienen pues en María quien les anime para estar siempre de parte de los condenados y nunca de quien condena, (aunque pretendan hacerlo de parte de Dios o de su Ley, cf. Jn. 19,7), y pueden estar seguros de ser una sola cosa con aquel Padre que Jesús nos presenta en los evangelios como el Dios que no juzga a nadie y perdona siempre a todos (cf. Jn. 3,17), que prefiere a los descreídos publicanos en vez de los piadosos fariseos (cf. Lc. 18, 9-14), que se pone de parte de los pecadores y las prostitutas, y no de sus jueces (cf. Lc, 7,36-50; Jn. 8,1-11), de los presos y no de sus carceleros (cf. Mt. 25,36).

Revitalicemos la figura de la madre de Jesús que emerge del Evangelio, magnífica y fuerte, que jamás "fue la mujer que remite pasivamente a una religiosidad alienante". De esta manera la descubriremos una vez más como nuestra "hermana" en la fe. Hermana porque nos la encontramos al lado al recorrer el mismo camino de fe que, traduciéndose en amor, nos lleva a la plena comunión con Dios.

José Ramón Martín Badillo.
Publicado en el Boletín nº 5 de la Hermandad, septiembre de 1997.

 

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