Tibieza y Hermandad E-mail
Domingo, 02 de Septiembre de 2007
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Tibieza y Hermandad
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La tibieza se ve manifestada en la vida de unos cofrades que creen pero no creen, que hacen pero no hacen: nacen, se bautizan, rezan, pecan, se confiesan, juran defender un dogma, hacen estación de penitencia con su túnica, mueren y son enterrados en sagrado. ¿Qué diferencia a estos cofrades de los que no lo son? ¿Qué los diferencia de un mamífero cualquiera?

En las hermandades, a golpe de vista, encontramos tres tipo de estos cofrades inundados de tibieza: los suavemente hermanos, los que mecen su compromiso cristiano al dulce compás de la vida y de las cosas. Ya tienen su tranquilidad, pagaron su cuota en cómodos plazos, tienen su vara en una vistosa presidencia, van a misa los domingos, no molestan a nadie, ni a Dios ni a los hermanos. Colocan la estampa de su Titular en la oficina, juran en la Función de Instituto y comulgan por Pascua.

Buscan su propia comodidad como cualquier otro vertebrado con la diferencia de que "son" cristianos, de que "son" católicos, de que "son" cofrades y por ello tras ser enterrados en lugar sagrado el Guión de su hermandad llevará crespón negro por unos días.

El segundo grupo lo constituyen los apenas cofrades, los que tienen una medalla al cuello, su titular en su alcoba pero cualquier tontería en el corazón y cualquier mezquindad en su cabeza.

Ni esperan ni sueñan con grandes proyectos con los que su hermandad pudiese ser camino para alcanzar el Reino de Dios sino cualquier otra casa infinitamente más pequeña: el estreno de un nuevo atributo, un mejor exorno floral en sus pasos, unos números de vértigo en los penitentes que hacen estación de penitencia con su hermandad... Creen que éstos son los fines últimos y las metas de su hermandad. La vida eterna... no les interesa. A estos microcofrades la vida eterna les viene grande... casi merecen que Dios les dé ese nuevo atributo, ese exorno floral soñado, esa cantidad de túnicas en la calle... y luego les quite la vida eterna. Sólo saben que Cristo y la Virgen son unas cosas para besar, que la misa es un momento para vestir correctamente y que el Jueves Santo es un día para encender velas y visitar sagrarios.

El tercer grupo lo comprenden los demasiado cofrades, los cofrades por antonomasia, los fuera de serie, los supercofrades, los monopolizadores de Dios. Son los que han hecho a Dios de "su" hermandad, enarbolando su estandarte en bandera propia como quijotes de la fe, de las costumbres y de su propia soberbia. Son los que combaten, atacan, excomulgan y condenan en nombre de Dios a todos los que no piensan como ellos, los que construyen la hermandad como los hijos del Zebedeo, estando ellos a la derecha e izquierda del titular; los batalladores, los cascarrabias de la fe y la moral, los que no hubieran dejando tratar a Cristo con publicanos y pecadoras, charlar con samaritanos, comer con zaqueos y perdonar a los ladrones desde la Cruz. Son los que el día de Pentecostés no hubieran abierto el balcón para lanzar el Evangelio a medos, partos y elamitas, sino que hubieran organizado el Evangelio como un club privilegiado de selectos como así pretenden con su cofradía y se escandalizan cuando el Hermano Mayor o la jerarquía no les consultan a ellos acerca de los que hay que hacer en la hermandad. No son malos pero se les ha subido su cofradierismo a la cabeza. Tal vez tienen mucha cofradía en la cabeza y poca hermandad en el corazón.



 

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