"Prima Inter Omnia", conferencia de Andrés Cañadas Salguero E-mail
Martes, 29 de Marzo de 2011
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"Prima Inter Omnia", conferencia de Andrés Cañadas Salguero
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“Prima Inter Omnia”

Andrés Cañadas Salguero
Jerez, 21 de marzo de 2011
Capilla de Las Angustias

 

A la memoria de Monseñor Rafael Bellido Caro,
quien cada día que pasa engrandece más
en mí,
su figura y su pensamiento…

…a la memoria de mi amigo Pepe Antonio, quien tan
demasiado pronto dejó de compartir
Cuaresmas con todos nosotros…

…a la memoria de todos los que ya faltan,
de aquella primera cuadrilla de
“Costaleros por Amor”…

…y otras dos últimas dedicatorias, inesperadas…

…a la memoria de todas las almas que se acaban de marchar
a buscar por Japón un ‘Sol Naciente’…

…y a la memoria de José Luis Dormido de la Hera,
‘Selu’,
Capataz de Nuestra Señora de Las Angustias.

 

Que la Misericordia de Dios, preste siempre amparo a todas vuestras almas…
y a todas las nuestras.

 

Va por vosotros, mis queridos amigos…

 

Había sido un Domingo de Ramos especial, prendida en las conciencias de todos el carácter histórico de lo que se acababa de vivir, mientras lindando el minutero las doce menos veinte, vino el paso en detenerse delante de la sencilla puerta de la capilla, entre el silencio cómplice y a la vez admirativo, de cuantos no habían querido perderse aquella recogida de perfiles imborrables.

Poco a poco, la cruz situada tras la dolorosa comenzó a menguar su hechura hasta situarse a la altura precisa mientras el sudario se recogía serpenteante sobre sí mismo, ardientes los codales tras el cristal de unos guardabrisas, que misteriosamente, no tenían mancha alguna de cera, sino sólo un caldo ardiente y fundido, del que emergían solemnes, las llamas que alumbraban a la Virgen.

Así se presentaba el paso instantes antes de la entrada en el templo, sencillo en su madera aún sin dorar, coqueto en sus formas ganadoras de gubias y contornos, detenido y solemne mientras mostraba a todos el misterio de la Madre que sostenía el inerme cuerpo del Señor, entre rezos susurrados surgidos bajo las trabajaderas, como pago a tanto realizado, como tributo de Amor por la gesta conseguida, a punto de consumarse del todo.

Dicen los que aún recuerdan aquello con la viveza propia de lo inmenso, que el regreso por Corredera resultó apoteósico, rodeando a la cofradía un auténtico río humano, que preso de la más absoluta expectación no dudaba en aplaudir todas y cada una de las ‘levantás’ que se iban dando y en acompañar las necesidades que pudiesen ir surgiendo en una cuadrilla, que por lo demás, tampoco necesitaba más, que sentir el inmenso privilegio de poder llevar sobre sus hombros a la Madre de Dios…

Sonó el llamador.

Un golpe seco, luego seguido de otros dos más… y de nuevo sobre los pulsos de la gente de abajo, como había ocurrido durante toda la estación de penitencia, la Virgen de Las Angustias volvió a rozar el aire de la noche, elevándose suavemente sobre el adoquinado suelo de su plaza.

Una mirada a los candelabros, dos pasos hacia atrás para calibrar nuevamente la perspectiva de la puerta, y la voz inconfundible del viejo Olmedo, mandado como siempre con órdenes precisas y enérgicas…:

¡Óle mis niños! ¡Venga de frente!

Sonó a música celestial el roce de las alpargatas sobre la tarima de madera de la rampa, porque eran esas pisadas, las que se habían estado soñando una Cuaresma entera… una vida entera… las pisadas que rubricaban el deseo conseguido, y el anhelo al fin logrado…

Los ‘niños’ de Las Angustias, aquellos locos del mes de enero, aquellos seguidores de ideales imposibles, aquellos desafiantes de la leyenda… habían vuelto a casa tras llevar a su Virgen a la Catedral, y lo habían hecho de puntillas, sin alardes, con valentía pero a la vez con humildad, sabiéndose responsables de un futuro nuevo para la Semana Santa… a un mismo tiempo herederos de la historia, y forjadores de los nuevos años.

Con dificultad y con mimo, como correspondía a la ocasión, las tulipas primero, y los costeros después, y por último la trasera, despidieron la presencia en la calle de la cofradía, y entre una lejana salva de aplausos y de vivas, y el bramido de una cercana puerta cerrándose detrás, las lágrimas empezaron a llenar de vida, de paz, de agradecimiento, de ilusión, y de miles de cosas más… el corazón de todos los cofrades del Humilladero, y es que fue así que ocurrió, que acababa de nacer por Las Angustias, la primera cuadrilla de hermanos costaleros de Jerez, la ‘Prima Inter Omnia’… primera entre todas.

Eran, las doce menos cuarto de la noche, de un siete de abril de 1974, Domingo de Ramos.

 

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Amigos cofrades todos, señoras y señores, muy buenas noches.

Cumplo hoy con uno de los capítulos que cada año dan forma, al entre otras cosas, clásico e histórico ciclo de conferencias de Cuaresma de esta nuestra querida Hermandad, y lo hago envuelto en la inmensa satisfacción que siempre me produce regresar a ésta mi casa, y a este rincón de la Gracia que es la Capilla de Nuestra Señora de Las Angustias.

Mi gratitud más sincera a la Junta de Gobierno de la cofradía, y en primera persona a nuestro Hermano Mayor, Fran Mancilla, por confiar en mí la primera de estas citas; mi gratitud más sincera, no ya como orador sino como cofrade de a pie, por este encuentro que año tras año se convierte en una importante referencia de quienes anhelamos la cercana llegada de una nueva Semana Santa…

…mi gratitud más sincera a todos cuantos hoy aquí os encontráis, eligiendo esta opción, antes que cualquier otra alternativa de las muchas que existen en una noche de Cuaresma…

…y mi gratitud más sincera, como no puede ser de otra manera, a mi querido presentador, Manuel Jesús Amat, a quien agradezco su hermosa presentación, y las cariñosas palabras que me ha dedicado.

Sé que te metí en un compromiso, querido Diputado Mayor de Gobierno, cuando te pedí que fueses mi adelantado en la palabra en esta noche, por lo que permíteme que sea doble mi agradecimiento, así como mi deseo de que un año más consigas que nuestra estación de penitencia sea serena, y del agrado de todos los hermanos de esta corporación, como bien viene sucediendo de tu mano, desde hace ya, unos cuantos años.

Gracias hermano por no dudar cuando te pedí que me despejaras hoy la plaza de la palabra, y enhorabuena… futuro papá…

 

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He de confesaros, queridos hermanos, y además lo hago sin pudores de ningún tipo, que tenía ganas, muchas ganas de escribir esta conferencia que hoy traigo hasta vosotros, una ponencia que hoy pretende rescatar del pasado uno de los acontecimientos si duda más importantes de cuantos las cofradías de Jerez vivieron a comienzos de los años setenta, un acontecimiento que como otros muchos por aquellos años, tuvo epicentro en esta hermandad de la mano de quienes por entonces comenzaron... comenzasteis, a escribir rumbos distintos para la vida cofrade conocida hasta el momento.

Hoy, todos entendemos de una forma o de otra lo que significa para la ciudad, y lo que significan para las hermandades, los costaleros que portan nuestros pasos, y todos entendemos como normal que los chavales sueñen desde la infancia con ser los hombres que algún día tengan el privilegio de poder portar a sus imágenes durante los días de la Semana Santa, pagando incluso por hacerlo quienes pertenecen de número a la nómina de una cofradía.

Sin embargo, esto es algo que no siempre fue vivido tal y como hoy lo hacemos, todos lo sabéis, ya que el oficio de portar los pasos bajo trabajaderas perteneció desde sus orígenes, en los años veinte de la última centuria, a gentes de clase humilde, generalmente trabajadores de carga o de empuje, profesionales que cobraban su salario, por desempeñar una labor que poco tiene que ver con lo que hoy se ejecuta, ni en cuanto a lo estético, ni en cuanto por supuesto, a lo devocional, por mucho que la leyenda de aquellos años en blanco y negro haya pretendido desde entonces, contarnos momentos cargados de retórica y de poesía.

Y es que haciendo un poco de historia, debemos buscar en un hecho concreto sucedido en Sevilla en 1972, el germen que terminó por decantar a los cofrades por sacar sus pasos en detrimento de quienes hasta entonces habían sido sus costaleros.

Un hecho que andando el tiempo, ha llegado a convertirse en hermoso y hasta legendario por el resultado final que deparó, pero que vivido en tiempo real, pudo significar uno de los capítulos más desagradables de cuantos una cuadrilla de costaleros profesionales, haya vivido nunca en relación con su cofradía contratante.

Corría el 31 de marzo del referido año, jornada de Viernes Santo, y ante el retraso de la cuadrilla responsable de sacar el único paso de la cofradía, la sevillana hermandad de San Buenaventura decidía salir a la calle con algunos minutos de retraso, y haciéndolo además muy lentamente, por ver si en ese lapso de tiempo, los costaleros de José González Solano, conseguían llegar por fin, hasta el franciscano convento de la ciudad.

Momentos de angustia y de tensión –imaginen ustedes por un instante a los miembros de esa Junta de Gobierno– que finalmente se tornaban en un tremendo enfado y en una tremenda decepción, cuando con toda la tristeza del mundo se tenía que dar la orden a la Cruz de Guía de dar la vuelta, puesto que no había en el templo, personal para sacar el paso.

Incredulidad en las aceras. Preguntas sin respuesta de los nazarenos más pequeños, que sin ver nubes en el cielo se cuestionaban el por qué de esta suspensión de su estación de penitencia… y a lo lejos, otra hermandad, la de Monserrat, aguardando en su sede el paso por delante de la vecina cofradía, para iniciar a su vez, su camino hacia la Campana.

- “No viene San Buenaventura. ¿Qué es lo que pasará?”

Fue entonces cuando el boca a boca llevó la noticia hasta quienes esperaban en su puerta, de que ese año la Virgen de la Soledad no pasaría por allí por no tener costaleros que la llevaran, y entonces, en un gesto que no me atrevo a calificar en estas líneas por temor a quedarme corto, la Junta de Gobierno de Monserrat se reunía con carácter de urgencia, y tomaba la decisión de dejar en su templo el paso de misterio de la Conversión del Buen Ladrón, para ceder a la cofradía hermana, una de sus dos cuadrillas de costaleros…

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Esto que os acabo de contar pertenece hoy a la memoria más hermosa de la Semana Santa de Sevilla, porque habla de valores maravillosos y quizás en desuso que no hace falta que ahora entremos a analizar, pero escrutado en profundidad, es catalogado por muchos de cuantos desde entonces han estudiado y estudian el fenómeno costalero, como el principio del fin de las cuadrillas de profesionales.

Y es que sumado a este hecho, debemos añadir que tan sólo un par de meses más tarde, concretamente el 14 de mayo, costaleros no profesionales sacaban por vez primera un paso en Sevilla, el de la Virgen de las Aguas de la Parroquia del Divino Salvador, impulso que se convertía en definitivo para que a finales del mismo año, el 21 de diciembre de 1972, el capataz Salvador Dorado ‘El penitente’, iniciara los ensayos con la cuadrilla del Cristo de la Buena Muerte para preparar la salida del Martes Santo de 1973, primera vez que un paso sale en la Semana Santa sevillana a hombros de hermanos costaleros.

Una iniciativa que como todos sabemos por aquí, no hizo sino despejar las pocas dudas que aún quedaban en la mente de quienes dieron forma a nuestra cuadrilla de costaleros, hecho que hoy motiva esta disertación que presento ante vosotros con la intención de que os aporte algunos datos de nuestra historia, y que personalmente, me gustaría entregar a su finalización a mi Junta de Gobierno, a fin de que pueda servir para integrar los archivos de nuestra cofradía, de cara a futuras consultas.

Así que con intención de no aburriros en exceso, comienzo mi intervención, si os parece, haciendo para comenzar un somero repaso a la situación general del mundo en 1974, año de desarrollo de esta conferencia…

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