En la muerte de Lete E-mail
Sábado, 15 de Septiembre de 2007

Marco Antonio Velo

Información Jerez, 01/07/2007

La pluma rasga el papel con tesitura de incienso y nerviosismo roto. Quisiera ahora apostrofar las más bellas apologías, los más pulcros tributos, la más sinfónica enumeración de letras a favor de quien encarna a Cristo en esta ciudad desde que viera la luz hace ya sesenta y tantos años. Pero el dolor me agrieta la textura del alma. La impotencia se torna alcance de siete cuchillos de Angustias de Domingo de Ramos. Quisiera saberme capacitado para teclear el titular de una noticia desgarradora, trufado de profesionalidad periodística, pero a veces el oficio y los sentimientos divorcian sus mecanizadas costumbres. Y yo, ahora, no estoy acostumbrado a la muerte de Lete. Porque nuestro José Alfonso Reimóndez no casa ni calza con la negrura de lo inexistente. Ni con lo vacío ni con lo etéreo ni con la oquedad. Porque en efecto, y muy al contrario de su misma convicción, Lete jamás fue un “hombre muy normalito”. Eso sí que no. ¿Muy normalito un hombre según Dios capaz de negarse toda la simiente de su propia valía? ¿Muy normalito un cofrade entregado a la hermandad de sus amores con sonrisas de amor en estado de gracia? ¿Muy normalito un cristiano-cabal, honesto, simpático, puro- que nada quiso para sí? ¿Muy normalito esos brazos siempre abiertos a la verdad de Cristo a través del ejemplo de Su Madre Santísima? ¿Normalito tanto silencio de sufrimiento de tripas-soledad sonora de Sagrarios y túnica negra- cuando la incomprensión del ser humano se cernía sobre su celestial exigencia como un manto de injusticia?.

Se nos ha ido un mito del Evangelio, un hito de la Iglesia a pie de calle. Ha fallecido la quintaesencia  de esa filosofía de vida siempre latente en el Universo de dos palabras: ser cofrade. El espejo de la siembra callada, sencilla, tenaz. ¿Una buena persona? Sin duda nos quedaríamos corto con semejante descripción. Recupero ahora de la moviola de los recuerdos su cuerpo recortado, su bondad encarnizadamente fraternal, su barbita encanecida silueteando la morenez de unos mofletillos colorados de sol y de paseos en tardes de Valdelagrana. Rememoro ahora noches de plenos de hermanos mayores, el nudo-minúsculo y apretado- de sus corbatas estrechas, su cariño de veras por todos, la defensa de la Verdad escrita con letras mayúsculas, el arraigo de la popularidad como liderazgo intrínseco. Veo a Lete de nuevo, anónimo bajo el santo hábito, recostado en la cama del hospital ofreciendo el arraigo de su talante risueño a los reveses del cáncer. Observo cómo cautivaba a sus hermanos con una banderola de entusiasmos. Siento aquellas manos de sembrador palmeándome las espaldas como una fuerza capaz de inyectar el oxígeno de los mejores afectados. Las manos léxicas, las manos artísticas, las manos esculpidas bajo la penitencia de una cofradía de altos capirotes.

“Desde que tenía cuatro años jamás he dejado de acompañar a mi Virgen de las Angustias. Bueno, sólo una vez, el día de la Procesión Magna, que no pude estar con Ella porque mi sitio como presidente de la Unión de Hermandades me obligó a la presidencia”, bisbiseaba la última vez que nos vimos. ¿La última vez? Me consta que rechazaría halagos sobre su necrológica. Y de ahí que tampoco levantemos ahora el cirio de un currículo meritorio cómo prácticamente ningún otro. Pero acallemos la trascendencia de la obra para aclamar la persistencia del espíritu...

Porque sí, como la materia infranqueable de la inmortalidad, así persevera el espíritu. Hace años, cuando el escarnio y la compraventa política no lograron derrumbar la integridad eclesial de Lete-“Yo nada más que sirvo a un Señor, a Quién murió en la Cruz”- cuando algunos supuestos allegados maquinaban- tales execrables desertores- las estratagemas de la zancadilla menos previsible, cuando la historia otra vez graznaba ringorrangos de puñaladas traperas, opté entonces por la salvaguarda del amigo, por insistir en papel prensa acerca no tanto de sus logros tangibles como del prodigio del espíritu que manaba de unos modos- los suyos, los de José Alfonso- nunca atenidos a los intereses personales ni a los asedios de la cobardía ni a las yuxtaposiciones del derrumbe de la Fe. Y acuñé aquello que desde entonces se popularizó como el espíritu Lete. El Espíritu Lete, hoy, está más presente que siempre, más presente que nunca. Como un legado de levadura y apostolado. Como un reguero que-sí- ya por siempre será sangre de tu sangre y huesos de tus huesos. No existen motivos para la tristeza. Porque los cofrades hemos resucitado a través de la muerte de Lete. Su ejemplo, su amor, su grandeza pervivirá en nosotros por los siglos de los siglos.

 

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