| Referencias históricas sobre la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias |
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| Miércoles, 09 de Enero de 2008 | ||||||||||
El texto "Referencias históricas sobre la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias de Jerez de la Frontera" fue escrito en 1985 para la memoria del arquitecto Juan Torreira Vaca que la Hermandad presentó ante los organismos oficiales competentes para las obras de restauración de la Capilla que se ejecutaron en aquella época, siendo Hermano Mayor D. Antonio Jaén Pacheco. El autor es el hermano y abogado D. Juan Fernández Morales. Debemos hacer hincapié en que el texto fue escrito en 1985, por lo que cuando se hace referencia a la actualidad se trata de la actualidad de hace veintitrés años.
Referencias históricas sobre la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias Si bien la configuración de la actual fábrica del templo, aún correspondiendo la nave a época anterior, data de la tercera década del siglo XVIII, esta síntesis histórica se remonta a las primeras construcciones existentes en aquel lugar, al objeto de proporcionar una mayor perspectiva histórica de la actual iglesia, aunque sólo sea mediante la mera referencia de las construcciones que le precedieron. Por otra parte, se procurará hacer abstracción de la institución religiosa seglar a la que sirvió de sede el inmueble al que nos vamos a referir, el cual fue creado, ocupado y conservado en todo momento, a lo largo de la Historia –salvo ausencias impuestas– por aquella, la cual siempre ha ostentado la titularidad dominical del edificio así como de anexo y dependencias que hoy no se conservan e incluso de espacios colindantes no construidos que hoy forman parte de la vía pública. Y entendemos ha de mantenerse tal ausencia de referencias por tratarse estas notas de un estudio de su sede y no de la Hermandad. No obstante, a pesar de la propuesta omisión, en algunas citas ello es inviable por ser de todo punto incomprensible las vicisitudes arquitectónicas sin contemplar las circunstancias históricas de la asociación ocupante del edificio. Nos estamos refiriendo, obviamente, a lo que en un principio no fue mas que un grupo de fieles, que con el transcurso de los años se transformaron en la Cofradía de Nuestra Señora de los Siete Cuchillos, posteriormente, en Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, con su periodo de tiempo bajo el título de Orden Tercera de Servitas. Se encuentra ubicado el templo al final de lo que en el siglo XIV era una amplia y larga zona extraurbana, conocida con el nombre de la Corredera, la cual se extendía desde la primera muralla, frente a la Puerta Real, junto a lo que hoy es la plaza del Arenal. Recibía su denominación la indicada vía –que se ha venido conservando hasta la actualidad– por ser el lugar utilizado por la nobleza para efectuar sus conocidos juegos de cañas y competiciones hípicas, entretenimiento de frecuentísima práctica de este alto estamento en la Edad Media. Según imprecisos pero fundamentados criterios históricos, existía en aquel lugar con anterioridad a la menciona centuria un pequeño fortín, de forma triangular, conocido como el “Baluarte”, que ocupaba lo que hoy es la margen izquierda del primer tramo de la actual c/ Porvenir, sitio que primitivamente recibió, en lógica coincidencia, el nombre de Llano del Baluarte. Según nos informan los historiadores locales, después pasó a llamarse Llano del Humilladero y, posteriormente, de los Siete Cuchillos y de las Angustias, guía evidente del destino de las construcciones allí enclavadas. La indicada fortaleza o baluarte fue conocida durante mucho tiempo como Baluarte de la Madera, quizás por algún tipo de comercio o industria que se ejerciese en la zona. Se cree que ya en el siglo XIV existía enclavado en aquella arquitectura defensiva un Humilladero, es decir, una muy pequeña ermita cuya misión era ofrecer a la devoción de los fieles la imagen venerada en el mismo, de manera que fuese vista desde el exterior a través de alguna reja. Situados estos recintos ordinariamente en los alrededores de las murallas, solían ser puntos de devoción donde los viajeros acostumbrados a rogar por el feliz transcurso de desplazamientos extraurbanos. No obstante la creencia de su existencia en aquel siglo, el historiador local Grandallana establece la fundación del Humilladero en el año 1523. No sabemos si se refiere a su propia creación en aquel baluarte, o a su emplazamiento mediante alguna posterior modificación arquitectónica. La advocación venerada en aquella ermita se cree era desde sus inicios la de la Piedad, es decir, el grupo escultórico de la Virgen María con su Hijo muerto en su regazo, tras ser bajado de la Cruz. La institución a cuyo cargo se encontraba ermita e imagen asegura Grandallana se conocía, ya constituida como Hermandad a partir de 1524. El también historiador Mesa Xinete afirma la existencia de la Cofradía desde antes de 1578. De lo que sí se tiene certeza es que con fecha 11 de Enero de 1578 ya existía la Hermandad de Nuestra Señora de las Siete Cuchillas –posteriormente de lo Siete Cuchillos–, la cual se veneraba “una imagen de la piedad en el Humilladero al sitio del baluarte en la salida de la corredera”, desde hacía veinte años. Todo ello según se declara por él hasta entonces propietario de la imagen, Don Fernando de Morales, en Escritura de donación otorgada en aquella fecha ante el escribano público Don Miguel de Morate. Ya once años antes, el 18 de Abril de 1567, consta un acuerdo de la Ciudad –la corporación municipal– en relación con la Ermita del Humilladero “que está en el baluarte, arrimada a el sitio de la madera”, a requerimiento del venerable hermano Juan Pecador, conocido hoy como Beato Juan Grande. Solicita éste se le ceda el humilladero y los terrenos anejos al ser “cómoda y conveniente” para el hospital que pretendía construir; ello por “ser corto el sitio de la también célebre Capilla de los Remedios, en que lo tenía”. Los vecinos a cuyo cargo estaba dicha ermita del humilladero lo tuvieron a bien y al efecto se le asignó “una aranzada de tierra junto a dicha ermita para fabricar dicho hospital”. En parecidos términos es recogido el anterior acuerdo al folio 233 del libro capitular del Ayuntamiento de Jerez correspondiente al año 1567. La Capilla de los Remedios a la que se hace referencia es la que se encontraba en el mismo emplazamiento dónde hoy se alza la actual del mismo nombre, primera sede de las casas asistenciales creadas por el Beato Juan Grande en Jerez. El citado acuerdo no llegó a materializarse por serle ofrecido por los hermanos de San Juan de Letrán su hospital y enseres, ya construido y donde Juan Pecador instituyó su célebre Hospital de la Candelaria, junto a la iglesia de San Sebastián, en el llamado Prado de San Sebastián, lugar ocupado hoy por la Alameda Cristina, habiendo estado su emplazamiento el del actual Banco de Jerez. La anterior cita histórica es evidencia, junto con otros hechos acaecidos por aquellas décadas, haber sido entre los años 1567 y 1578 cuando la Ermita del Humilladero adquirió un peso específico, tanto arquitectónico como devocional, de entre los puntos religiosos de la Ciudad. Según recogen diversos historiadores, fue en el año de 1578 cuando aquella zona, al finar de la Corredera, pasó a denominarse por decisión municipal Llano de las Angustias. Se desconocen datos concretos de interés arquitectónico que permitan vislumbrar con claridad transformaciones en la fábrica del templo durante casi toda un centuria a partir de la fecha de los anteriores datos, si bien en estos años hubo de producirse importantes modificaciones como, mas adelante recogeremos. De lo que sí queda constancia es de que el templo permaneció, ininterrumpidamente sirviendo como sede de la Cofradía, titular de la iglesia y en posesión del mismo; si bien, aún tratándose de la misma institución, sufrió un cambio de denominación a partir del 1 de Octubre de 1.632. Con esta fecha, por aprobación del Sr. Provisor de Sevilla, pasó a ostentar el título de Cofradía de la Caridad y Nuestra Señora del Socorro. Esta nominación no fue aceptada de buen grado ni por cofrades ni por devotos, por ignorar la advocación bajo la que era venerada la imagen de la Piedad, con lo que ya en 1.634 aparece en la documentación de la Hermandad de manera oficial el título de Hermandad y Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias No obstante tan confusa profusión de títulos que hasta esta fecha se fueron sucediendo, de las Siete Cuchillas, de los Siete Cuchillos, de la Caridad y del Socorro, de las Angustias, junto con las denominaciones servitas a las que haremos alusión, no existió transformación alguna de unos entes a otros, sino que siempre se trató de la misma institución, que en unos inicios construyó la Capilla y después ejecutó las sucesivas reformas, manteniendo posteriormente y hasta la actualidad el último de los títulos relacionados. Debido a la necesidad de asistencia a numerosos contagiados con motivo de la epidemia que asolaba a la Ciudad en 1.684, la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo, dedicada a actividades asistenciales, solicitó de la Autoridad Eclesiástica se le permitiera la utilización del templo y dependencias de la Hermandad de las Angustias, así como que se adosara un hospital; todo ello para acoger y asistir a quienes habían adquirido el mal contagioso. Es importante el estudio detallado de este suceso por denotar el mismo, además de la codiciada pretensión a la posesión de aquellas instalaciones –tal como ocurriera un siglo antes, en 1.567–, la absoluta propiedad de la Hermandad de las Angustias sobre el recinto sagrado. Cuando la referida Hermandad de la Caridad solicita de la Jerarquía Eclesiástica la cesión del uso de aquellas dependencias, el Provisor del Arzobispado, por Auto de 3 de Febrero de 1.685, ordenó al Vicario de esta Ciudad le informara “si había alguna persona que tuviera derecho o acción a la dicha Capilla y sitio de Nuestra Señora de las Angustias”. Contesta el Vicario: “no me consta que haya persona ni comunidad que tenga derecho a la dicha Capilla, que la han labrado y edificado de limosna los hermanos de Nuestra Señora de las Angustias”. En fecha de 19 de febrero de 1.685 el Vicario dicta Auto en los siguientes extremos: “Concedo mi licencia y facultad a los hermanos y cofrades de dicha Hermandad y Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias para que puedan admitir en su Capilla a los dichos hermanos y cofrades de la dicha Hermandad de la Santa Caridad, a la cual concede la misma facultad para que se pueda mudar a la dicha Capilla”. Se reconoce, por consiguiente, haber construido la capilla los propios hermanos con fondos procedentes de donativos. Igualmente se les faculta para, si quieren, admitir a la Santa Caridad en su sede. El reconocimiento de su titularidad dominical es aún más contundente en el contenido del acta de posesión de fecha de 22 de Febrero de 1.685, autorizada por el Vicario Local, Licenciado Don Juan Camacho del Real, de la que dio fe el notario eclesiástico Don Pedro Valiente. Expresa el documento como “El Señor Vicario fue a la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, que está en la collación de San Miguel, y estando en ella presente los hermanos de la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias sita en dicha capilla y el Hermano Mayor y los hermanos de la Santa Caridad dijeron los hermanos de dicha cofradía que recibían y admitían en dicha Iglesia y Capilla y Cofradía a aquellos... con lo que se consideró rematado el negocio y aceptada la Santa Caridad como utilizadora de la Ermita y sus dependencias, sin mengua de la posesión que de todo ello estaba la Antigua Hermandad de las Angustias”. A pesar de lo prolijo de tales gestiones, los hermanos de la Santa Caridad hubieron de abandonar antes del transcurso de un año aquel recinto debido a las desavenencias surgidas por su pretensión de realizar reestructuraciones en la fábrica del inmueble para habilitarla a la función hospitalaria que allí se ejercía; ello a pesar de tener su presencia en aquel lugar un carácter provisional y precario en espera de la conclusión del hospital que para la Caridad se construía en la calle Lancería. Evidentemente, a tenor de la simple lectura de estas líneas, ya no hay una referencia al humilladero, baluarte o ermita. En los documentos consultados y en parte transcritos se habla de Capilla y dependencias, y se manifiesta que fue construida por los hermanos. En otras palabras, en la fecha de estos sucesos el templo existente era ya, no el habitáculo de la fortaleza o baluarte de la madera convertido en humilladero, sino una capilla que, a nuestro parecer se trata de la misma construcción –con alguna otra dependencia anexa en su lado izquierdo ya desaparecida, y exenta en el correspondiente a la hoy calle Porvenir- que constituye la nave del actual templo, la cual, de acuerdo con sus características arquitectónicas, muy bien pudo haber sido construida algunas décadas antes de las fechas de los hechos antes narrados.
Ya entrado el siguiente siglo, en el año 1.707 se construyó, con la autorización y colaboración de la corporación municipal, el reducto de entrada de la iglesia. Ignoramos si tal reducto constituía una especial configuración arquitectónica o si simplemente se trata de la escalinata hoy existente de acceso al templo. Por otra parte, también se ignora la fecha de construcción de la portada, la cual, con cierta estructura renacentista, entendemos data de una época intermedia entre la construcción de la capilla de la que hoy sólo se conserva la nave y los primeros años del siglo XVIII, en los que se proyectó la transformación arquitectónica del templo. Es de similares características y, probablemente de cercanas épocas, la portada de esta iglesia con la vecina de los trinitarios –hoy Iglesia de la Trinidad- que se alza en la misma plaza. Aun sin relación directa con la construcción que analizamos, queremos hacer mención de la adaptación por entonces un hueco de la muralla jerezana situado sobre un arco de la misma existente en el lugar por el que hoy discurre la C/ Algarve, para exponer en el mismo a la veneración popular otra imagen de la Piedad, conocida igualmente bajo la advocación de Nuestra Señora de las Angustias. Ello según licencia de la Ciudad de 30 de Abril de 1.716. Allí permaneció el grupo escultórico hasta 1.852, fecha en que fue derribado aquel lienzo de la muralla, y con él el arco y la hornacina, depositándose desde entonces y hasta la fecha la imagen en la Parroquia de San Dionisio. A pesar de carecer tal circunstancia de relación con la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, optamos por hacerlo constar ya que junto con aquella, suponen las dos únicas manifestaciones arquitectónicas dedicadas en Jerez a lo largo de la historia a esta devoción, pero ambas con un fortísimo arraigo popular e incluso con colaboraciones oficiales de la propia corporación municipal. Hemos de hacer notar además el hecho de que las dos tradiciones religiosas proceden de los mismos orígenes, si bien en fechas diferentes y con distinta suerte. Ambas fueron creadas mediante la exposición externa de idénticos grupos escultóricos usándose hornacinas al efecto labradas en sendas construcciones militares, con la diferencia de carecer la de la calle Algarve de alguna Cofradía o institución que posibilitase perdurara. El mismo final podía haber tenido la devoción de la calle Porvenir, a no ser por la construcción de la capilla por los propios hermanos, tras la demolición del baluarte y, con él, de la primitiva ermita del Humilladero. Debió de ir incrementándose progresivamente la devoción de esta Dolorosa, tanto a nivel popular como entre la nobleza, perteneciendo a la Hermandad y frecuentando su sede altos y numerosos miembros de aquella. Con fecha de 13 de agosto de 1.725, a solicitud de la propia Cofradía, sin perder su carácter de Hermandad ni el título que hasta ahora ostentaba, ésta quedó constituida en Orden Tercera de Servitas o Siervos de María Santísima de los Dolores, erigiéndose en consecuencia en Orden Tercera de Servitas de Nuestra Señora de las Angustias y Confraternidad de los Dolores de la Virgen, títulos y carácter que, junto con el de Hermandad y Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias, nunca ha perdido de derecho, si bien su disolución temporal a fines del siglo XIX junto con su desuso, han llevado al práctico desconocimiento de tales titularidades. Estas denominaciones supusieron para la sede arquitectónica de la institución que esta pasase automáticamente a ostentar los mismos títulos servitas, siendo por ello el templo acreedor a todas las prerrogativas y privilegios eclesiásticos de las iglesias de la Orden Servita. Por acuerdo capitular del Pleno de la Corporación Municipal en el año 1.730, se aprueba la concesión a la Hermandad de ocho “baras” de tierra para la ampliación de la capilla. Tales obras de ampliación se iniciaron de inmediato, procediéndose a la construcción del crucero que hoy se contempla, en forma de cruz latina, con cimborrio y cúpula con linterna. En la parte construida tras el presbiterio, en el frente correspondiente al altar mayor, se erige el camarín de la imagen titular; el mismo que hoy contemplamos, de tan amplias proporciones que entendemos es el mayor de los que actualmente existen entre los recintos religiosos de nuestra Ciudad. Es de una original estructura ovalada y, como única muestra de su primitivo exorno, se ha conservado hasta nuestros días una pintura al fresco que cubre toda la bóveda. Representa el juicio final. Pero habiéndose incluido la reproducción pictórica de algunos elementos decorativos arquitectónicos, tales como balconadas y balaustres, del más puro estilo rococó, los cuales recuerdan el gusto versallesco de los frescos palatinos del siglo XVIII. Junto con el crucero se realizaron diversas construcciones, tanto dependencias anejas –sacristías, capellanía, viviendas- como zonas integrantes del propio templo, tales como una nave lateral, hoy mutilada y separada del templo y sus actuales dependencias, por constituir una vivienda de propiedad particular, no sabemos en virtud de que título traslativo. Toda esta nueva construcción de la iglesia fue primorosamente labrada con motivos de cantería y yesería, especialmente en derredor de las puertas y balcones que presenta la nueva fábrica, de acceso a la Sacristía y demás dependencias. Así, centrándose la referida decoración a zonas muy concretas: portadas, balconadas, cornisas, cimborrio, cúpula y linterna, contrasta la profusión de elementos decorativos y la fidelidad en estos puntos concretos al barroquismo imperante con la sencillez y simplicidad arquitectónicas de los lienzos de pared. Sin embargo tal contraste no responde a la idea inicial del proyecto ni a su realización, pues todos aquellos espacios lisos, hoy vacíos y blanqueados, estaban destinados a completar los elementos arquitectónicos con decoración pictóricas, si no al contrario; pues en este tipo de construcciones barrocas, la decoración de la piedra y las yeserías vienen a suponer el enmarque de las pinturas. Todas aquellos espacios lisos, como indicamos, fueron ocupados por frescos, en fiel obediencia al principio barroco de horror al vacío. No se conservan en la actualidad a la vista ninguna de estas pinturas que se extendían hasta las pechinas con la representación clásica de los Evangelistas, si bien consta como en algunos lugares permanecen bajo el actual encalado del templo los grutescos, lacerías, motivos florales y demás elementos pictóricos adoptados en la decoración de la construcción.
Hemos de dejar constancia de la similitud e identidad estilística, arquitectónica y decorativa, incluso en lo pictórico, existente entre la iglesia de que nos ocupamos y otras de la misma localidad. Se ha de citar las enclavadas en el mismo barrio, y perteneciente entonces a la misma Parroquia, cuales son el Monasterio de los Predicadores Franciscanos Descalzos –hoy solo subsiste la iglesia como Parroquia de San Juan Bautista de los Descalzos– y la Capilla vecina a esta de Nuestra Señora de los Desamparados –antiguo recinto asistencial, hoy sede de la Hermandad de la Coronación–. Los tres templos, si bien en distintas proporciones, mantienen una misma estructura arquitectónica, muy parecidas decoraciones en la construcción y similares soluciones artísticas. Pero dónde más cercano es el parecido es en la profusión de decoración pictórica distribuida de igual manera. Aunque lamentablemente en las dos iglesias citadas también han desaparecido o blanqueado los frescos, en estas aún permanecen algunas pinturas a la vista, pudiendo servir de fácil ejemplo de lo que sería la de las Angustias. Pero la mayor similitud, que se convierte en una práctica identificación, es la existente entre el templo que analizamos y la Iglesia, hoy semiderruida y cerrada al culto, de la Compañía de Jesús. Podríamos decir que si las obras en las Angustias hubiesen sido completas, las dos iglesias hubiesen resultado casi gemelas en su interior. Proporciones prácticamente iguales; estructura y planta de cruz latina idéntica; balconadas y decoración muy parecidos y con igual emplazamiento; sacristía situada en la misma forma; la misma sistemática en la solución de la decoración pictórica. A la vista de estas cuatro construcciones religiosas mencionadas cabe deducir la casi segura intervención de los mismos autores o su escuela en todas ellas. Incluso respecto a la ornamentación escultórica, el retablo mayor de la Compañía –enclavado en San Dionisio desde la exclaustración ordenada por Carlos III– presenta algunos elementos en su composición, especialmente los estípites, muy similares, junto con la configuración general, de gran parecido a como se sabe era el desaparecido retablo mayor de la Iglesia de las Angustias. Respecto al exterior, es de estacar su bella e interesante estructura y terminación en la parte correspondiente al tejado del crucero y la cúpula. Existen en la parte exterior de la misma unos dibujos geométricos, grabados en la misma pared, los cuales incluso fueron pintados sobre el grabado, conservándose hoy restos de coloreado. Se ha de hacer constar una importante observación: Si se hace un análisis, no necesariamente muy exhaustivo, de la iglesia, y especialmente del exterior y de las bóvedas, aparecen algunas características y contrastes entre la nave primitiva, -que no se alteró con la remodelación del crucero, y este mismo: una gran desproporción entre éste y aquel, sobre todo en altura y, muy concretamente, todo una serie de sillares inacabados o sin rematar, arranque de arcos al vacío, cornisas sin concluir, balcones detrás de los cuales no exista dependencia alguna con las que comunique la iglesia. Todo ello hace adoptar la certeza de que la obra iba encaminada a ejecutar una nueva construcción que sustituyese totalmente la anterior, con la consiguiente desaparición de la primitiva nave y la edificación de aún más dependencias nuevas. Evidentemente ello no se materializo, con lo que es presumible se realizó el proyecto existente sólo en parte. Se tiene la seguridad de la trascendental colaboración e intervención en estas obras de Tomás de Geraldino, Embajador de Fernando VI en Inglaterra y, posteriormente, miembro del Consejo de Indias, actividad colaboradora que realizó en unión de su hijo, Don Francisco Geraldino, quien por entonces ostentaba en la Hermandad el cargo de Hermano Mayor, habiendo sido a cargo de éste último de manera especial la ejecución del retablo mayor, instalado en el presbiterio ocupando todo su frente. Era este de madera dorada y tallada, creyéndose quedó concluido en 1.787. Don Tomás de Geraldino pasó los últimos días de su vida en Jerez, dedicando toda su actividad e influencia a obras de mejoras para la población, en especial públicas de comunicaciones y saneamientos. Falleció el día 14 de Junio de 1.755, siendo sepultado en el presbiterio de la Iglesia, aunque en la actualidad no se conserva lápida alguna que indique el lugar de su enterramiento en su emplazamiento exacto. La obra se dio por terminada en el año 1.735, inaugurándose con diversos y solemnes actos religiosos que, al parecer, constituyeron una manifestación popular y verdadera festividad de la localidad, “celebrándose solemne Septenario que costeó la Ciudad que fue invitada por la Hermandad, como dueña y usuaria del nuevo templo”, ello según consta en el Libro Capitular de dicho año, cabildo de 7 de Febrero, folio 1.942 v. Coincidiendo con las remodelaciones arquitectónicas descritas y como contribución de la corporación municipal a tales obras, en 1.732 se construye la Plaza de las Angustias. Hasta aquella fecha no había dejado de ser una explanada, sin una concreta estructura urbanística. Entonces se realizaron en aquel lugar los trabajos necesarios para convertirlo en una auténtica plaza. Las obras fueron costeadas del peculio personal del entonces Corregidor de la Ciudad, Don Carlos de Angulo y Ramírez de Arellano, Marqués de Angulo. A pesar de ser popular y oficialmente conocida la Plaza desde antaño con tal denominación, no es hasta 1.752 cuando aparece el nombre de Plaza de las Angustias en el Catastro de Riqueza. A partir de las anteriores fechas y hasta la Revolución de 1.868, no se conocen noticias históricas de importante trascendencia referentes al templo cuyo estudio retrospectivo nos ocupa. No obstante, y como documento histórico acreditativo de la conexión social de este templo entre la población jerezana, nos permitimos hacer referencia a dos lápidas sepulcrales que cubren sendas fosas situadas en ambos lados del Presbiterio. Corresponden las mismas al siglo XVIII y, según inscripción que presentan, yacen bajo las mismas Doña Ana Guzmán Adorno y Dávila, hija única y heredera de su título de Don Francisco, Marqués de Biyamarta, y esposa de Don Albaro Dávila i Amaya, también Marqués de Biyamarta (ortografía de la época); falleció el 21 de Octubre de 1.767. Se encuentra allí inhumado igualmente Don Juan de Matazurita, muerto en 1.789, y Doña Nicolasa de Bargas Fontanilla. Consta de la existencia de otros enterramientos de la época en esta iglesia, tales como el ya mencionado de Don Tomás de Geraldino, pero sin inscripción identificativa de los mismos. Así ocurre con una pequeña cripta que se excavó ante el Presbiterio, probablemente construida a la vez que el crucero. De la misma no se sabe si estuvo ocupada con anterioridad al presente siglo, pues los restos que se conservan en este recinto mortuorio, dividido en nichos u osarios, datan de finales del siglo XIX, como se narrará más adelante. Acaecidos los sucesos políticos que dieron lugar a la Revolución del 18 de Septiembre de 1.868, en este año fue clausurada la Iglesia por la Junta Revolucionaria, siendo despojada de sus altares y considerable número de los enseres de la Hermandad que no pudieron ser ocultados. La Cofradía hubo de trasladarse a la vecina Iglesia de la Trinidad, sede hasta entonces de la Comunidad de Padres Trinitarios, pero convertida en aquel momento –por haber sido suprimida tal comunidad por los revolucionarios– en templo auxiliar de la Parroquia de San Miguel, permitiéndose por ello que permaneciese abierta al público. Allí fueron trasladadas las Imágenes titulares, una vez calmada la situación, pues previamente había sido custodiadas en el domicilio de su camarera. Si bien la Iglesia no llegó a ser derribada, –como ocurrió con diversos templos y conventos de la Ciudad, por orden de la Junta Revolucionaria– corrió serios peligros, causándose en la misma sucesivos desperfectos. El retablo mayor fue desmontado –curiosamente no por los revolucionarios, sino por un dudable “salvador”– por un hermano so pretexto de ponerlo a salvo. Lo trasladó a una viña de su propiedad, pero nunca procedió a su devolución. Se tiene noticia de que fue destruido, llegándose incluso a utilizársele como leña. Existe una creencia de que el retablo pasó a ocupar el altar mayor de la Capilla del Santo Entierro, pero ello es del todo infundado, simplemente por una mera cuestión de medidas. Sin embargo, no sería del todo improbable que la actual embocadura del camarín de Nuestra Señora de la Piedad, en aquella Capilla, pudiese ser una adaptación de algunas piezas de la también embocadura del retablo de las Angustias. La iglesia fue incautada por el Comité Revolucionario, que instaló en la misma un club republicano. Durante el tiempo que fue utilizada para tal menester, el púlpito servía de tribuna de oradores en los actos allí celebrados. Según testimonios transmitidos por testigos presenciales, tuvo lugar en 1.869 el fallecimiento repentino de uno de los oradores cuando hacía uso de la palabra, constituyéndose la capilla ardiente en el mismo camarín. Con posterioridad a estos hechos, y una vez pasado el fragor revolucionario, antes de que la Hermandad pudiese recuperar su iglesia, ésta estuvo dedicada durante algún tiempo al culto luterano. Tal usurpación se prolongó hasta el día 13 de Marzo de 1.872, fecha en la que, mediando la trascendental intervención del entonces Marqués del Castillo, la Iglesia le fue devuelta a la Hermandad, la imagen titular devuelta a la Iglesia con la celebración de solemne procesión y cultos, y restablecido en la misma el culto católico después de una nueva consagración.
Como quiera que los sucesos de 1.868 afectaron, no sólo a este templo, sino a todo el estamento eclesiástico, muy especialmente a los conventos, la Comunidad de Padres Carmelitas de Jerez, como otras muchas, sufrió su exclaustración, albergándose desde entonces la imagen titular del templo, Nuestra Señora del Carmen, en la Iglesia parroquial de San Dionisio. En la misma permaneció hasta el día 10 de Mayo de 1.879, fecha en la que fue trasladada, no sabemos en virtud de qué acuerdo, a la Iglesia de las Angustias. En ésta quedó expuesta al culto hasta el 7 de Abril de 1880, día en que se le trasladó de nuevo, en esta ocasión ya definitivamente, al Convento carmelita, del que había tomado posesión de nuevo la comunidad y restaurado de los graves desperfectos que le fueron causados. Durante todo ese tiempo, permaneció la comunidad carmelita habitando las dependencias de la Iglesia de las Angustias en espera de la recuperación y rehabilitación de su primitivo convento. Probablemente la ocupación por parte de aquellos frailes de las dependencias de la Cofradía se debiera bien a no reconocerse plenamente el derecho a la propiedad y posesión de la Hermandad a aquellas o bien, a una posible languidez en la vida activa de la Hermandad, que conocemos existió, intensificada muy presumiblemente por los más recientes acontecimientos políticos, que le fueron adversos. Lo cierto es que sólo un año después de que los carmelitas dejasen expedita la iglesia y sus dependencias, aquella y estas volvieron a ser ocupadas por otra comunidad religiosa, igualmente ajena a la Hermandad. Demolido por orden de la Junta Revolucionaria el Convento de San Cristóbal de esta ciudad, que se alzaba entre las actuales calles de San Cristóbal, Eguilaz y Tornería, las monjas que tenían en el mismo su sede, Comunidad de Religiosas Canónigas Regulares del Sancti Spiritu de la Orden de San Agustín, se trasladaron el día 10 de Agosto de 1.881 a la Iglesia de las Angustias, en cuyas edificaciones anexa establecieron su sede conventual. Consta que la Hermandad, como dijimos sumida en una total inactividad y compuesta ya de un exiguo grupo de hermanos, cedió, no sabemos si voluntariamente, aquellas instalaciones, junto con todo el patrimonio histórico y artístico que allí se albergaba. Al efecto, se redactó un Inventario ante el Notario eclesiástico Don Manuel Fernández Tramblet, con la Intervención del prácticamente único hermano en activo, Don Manuel Lagos Romero. Esta permanencia, que habría de prolongarse durante cuarenta y cinco años, fue uno de los episodios más lamentables de la Historia de la Hermandad y su sede de la que venía siendo, aún en cierta manera desposeída, su única propietaria. Tuvo lugar la adversidad que se observa en este periodo fundamentalmente por tres razones. La primera, desde que se entronizó en aquel lugar la comunidad religiosa, al ser ésta de clausura, la Hermandad vio obstaculizado prácticamente incluso el acceso a su templo. Esta situación favoreció el que, vertiginosamente, la inactividad de la Cofradía se convirtiese en su total disolución, si bien no su extinción. Esta ocupación, además, hizo fracasar sucesivos proyectos de reincorporación de la Hermandad, tales como el que tuvo lugar en 1.896, rechazándose por la Autoridad Eclesiástica ante la incompatibilidad que suponía ser aquellas dependencias a la vez sede de la comunidad de clausura y de la cofradía. Un segundo motivo para entender lo lamentable de este periodo, es la pérdida paulatina de gran parte del mobiliario, objetos litúrgicos, de culto y artísticos y, en fin, del patrimonio de la Hermandad y la Iglesia en general. Y ello debido a que las monjas, en un intento de combatir la penuria económica que padecían, fueron deshaciéndose, sin autorización ni beneplácito de tipo alguno, de los bienes que tenían bajo su uso y custodia, vendiéndolos a bajo precio, malbaratándolos y ocasionando con ello la pérdida de un importante emporio artístico. Y, como penosa culminación de esta sucesión de despropósitos, hemos de citar la pérdida total en esta época del importante archivo de la Hermandad, el cual contenía todo tipo de datos históricos sobre la misma y la iglesia que constituye su sede. Tal pérdida tuvo lugar por incendiarse aquel cúmulo documental, al parecer intencionadamente, por haber procedido las religiosas a la venta de un armario de cedro, el cual había venido sirviendo para guardar el archivo, venta que se realizó por las razones antes aludidas. Durante los años que sirvió la Iglesia de las Angustias de sede conventual, se sabe que tuvo lugar la realización de obras en el templo en el año 1.895, si bien no existen referencias documentales sobre la importancia y contenido de tales reparaciones. A resultas de que la Comunidad fuese reduciéndose como consecuencia del sucesivo fallecimiento de las religiosas, las cuales eran ya de mucha edad, una vez que sólo quedaba un exiguo número de ellas, dispuso el Arzobispado, muy probablemente ante las repetidas instancias del citado cofrade Don Manuel Lagos Romero, el traslado de aquellas al Convento de la Orden en El Puerto de Santa María. Las monjas que habían fallecido durante la estancia de la Comunidad en la Iglesia de las Angustias, fueron enterradas en la cripta existente a los pies del Presbiterio, de la que ya se hizo alusión, lugar donde se conservan sus restos. Gracias al traslado a El Puerto fue posible la reorganización de la Cofradía, objetivo que se perseguía, como queda dicho, desde mucho años antes por los únicos tres hermanos que aún vivían y seguían perteneciendo a la Hermandad o, mas bien, eran la Hermandad. La aprobación de la reorganización tuvo lugar de manera oficial el día 16 de marzo de 1.925. A partir de aquella fecha y hasta las presentes, ha continuado siendo el destino de la Iglesia el que nunca debió de haber dejado de ser, la sede de la Hermandad de las Angustias, que construyó, reestructuró, restauró y conservó aquellas dependencias para tal fin. La época inmediatamente posterior a la reorganización fue muy propicia a la realización de algunas obras, en general de reparación y restauración de los deterioros que el tiempo y los sucesivos usos y abusos del recinto habían ocasionado. Debió de tratarse de un remozamiento de cierta envergadura y profundidad, pues se conoce que se llegó incluso a restaurar algunas de las pocas obras artísticas que quedaban, tales como la pintura que cubre la bóveda del camarín. También en los meses posteriores a la reorganización se devolvió a las dependencias de la Iglesia su estado primitivo, despojándolas de las adaptaciones efectuadas por las religiosas necesarias para la clausura, tales como el coro –instalado tras el brazo izquierdo del crucero-, o las celdas. Aún hoy puede verse señalado en las vigas del salón existente bajo el camarín la hulla de los tabiques que habían constituido las celdas de las monjas. Es necesario hacer aquí mención que formaban parte del mismo recinto que nos ocupa la casa señalada con el nº 5 de la Plaza de las Angustias, la cual está integrada por una nave –convertida en habitaciones– que discurre junto a la primitiva de la Iglesia, de la que debió de formar parte integrante y cuyas paredes y bóvedas reproducen los mismos elementos arquitectónicos y decorativos en iguales materiales que el resto de la Iglesia. Hoy se encuentra separada, desde antes de estos años, por un simple tabique. Igualmente forma un conjunto con las actuales dependencias de la casa de Hermandad la finca nº 1 de la calle Porvenir, conclusión que se deduce de la simple contemplación de su fachada y tejado además de su estructura interna. Existen fundadas razones históricas para entender, además de las arquitectónicas aludidas, que perteneció también a todo el inmueble de la Cofradía. Sin embargo estas dos fincas nunca fueron devueltas, siendo ambas hoy día propiedad de sendos adquirentes, a quienes a su vez les fueron transferidas. A la vista de ello, es evidente que existió una compraventa primera en forma legal, al menos con apariencia legal, pero se ignora cuál fue la primera transmisión. Se conjetura fuera despojada la Hermandad de estos recintos bien como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal, o bien por causa de la Junta Revolucionaria de 1.868. La primera de tales hipótesis se entiende altamente improbable por dirigirse aquella recepción dominical de bienes privados a manos públicas contra las propiedades de la Iglesia, no siéndolo estas dependencias. También cabe pensar en venta realizada por la comunidad de religiosas, tal como hiciesen con los bienes muebles. Pero la realidad es que cuando se le devolvió a la Hermandad su Iglesia y lo que quedaba de su patrimonio, en 1.925, estas fincas permanecieron en manos ajenas, que ya habían devenido en propietarias. Al objeto de obtener alguna luz sobre estos sucesos, actualmente se investiga la situación dominical de estas dos casas en el correspondiente Registro de la Propiedad. Una vez pasados aquellos años y con anterioridad a la segunda mitad del presente siglo, no se conocen más obras en el templo que la sustitución del antiguo pavimento por una solería de mármol blanco, la cual fue instalada en 1.947, sufragando su coste Don Juan José Palomino Jiménez, conocido vinatero jerezano que tenía su domicilio muy cerca del recinto sagrado. Posteriormente, ya en la década de los años 50, se abrió un vano en el lateral de la nave, en la zona correspondiente a la primera crujía, al objeto de instalar una gran puerta a la Calle Porvenir que permitiese la salida procesional de la Hermandad cada año por aquel lugar, utilizando un nuevo paso, de proporciones tales que no cabía por hasta entonces única puerta existente. Varios años más tarde, en la década de los 60, se acusó un serio peligro de ruina en toda la edificación correspondiente a lo construido en el siglo XVIII. Fue necesario efectuar una enorme obra de reparación consistente en el reforzamiento de los cimientos a lo largo de todo el perímetro del recinto, para lo que hubo que levantar el pavimento y excavar toda aquella zona. A la vez que estas obras de consolidación, se modificaron diversas dependencias interiores, en especial lo que constituía la casa del sacristán existente hasta entonces. Esta fue transformada en un amplio salón en la planta principal, construyéndose otro de idénticas proporciones bajo este, a nivel de la iglesia, utilizándose el inferior desde entonces como salón de almacén, y el superior como Sala Capitular. También sirvió esta ocasión para modificar el exorno del templo, retirándose del mismo diversos adornos y retablos de mala factura, ya muy desvencijados.
Tras lo anterior, no es digno de trascendencia citar reestructuración alguna hasta el año 1.981. En este se volvió a cerrar exteriormente –por dentro ya hacía años se había tapiado- el vano abierto dos décadas antes en el lateral de la nave. Retirándose el gran portalón que allí se instaló, se cerró el hueco con sillares de cantería, en cuyo centro se labró un bello retablo en el mismo material y coronado por un ojo de buey, igualmente labrado en la piedra. Ambos están basados en los mismos motivos y estructuras barrocos de la ornamentación arquitectónica que presenta en su exterior el Palacio de Villapanés, hoy semiderruido. Sirve tal retablo de enmarque a una hermosa cerámica compuesta de azulejos que representa a la Imagen titular. Fue realizada en aquel mismo año en los talleres sevillanos del ceramista Juan Aragón. A pesar de su contemporaneidad, siendo los artesanos creadores de la obra –la cual fue ejecutada siguiendo el dibujo y coloridos del artista jerezano José Ramón Fernández Lira– especialistas en la aplicación de los métodos cerámicos de los siglos XVII y XVIII, los cuales siguen aplicando, posee un loable aspecto secular, ya adivinado en el boceto mencionado que le sirvió de diseño. Fue inaugurado el día 10 de marzo de este año, tras la celebración de la Función Principal de Instituto, pues era el Viernes de Dolores, fecha de celebración de la titularidad que preside la Cofradía. En aquella misma ocasión se procedió a la limpieza de toda la cantería que integra la portada, así como al labrado en canto de una sencilla pero artística ménsula, en la que recientemente se ha colocado una antigua cruz de cerrajería, de pequeñas proporciones, la cual se retiró en aquel año de este lugar para ser restaurada. En los cuatros años transcurridos desde entonces hasta el actual, es de destacar las remodelaciones efectuadas en los salones construidos durante las obras realizadas en los años 60, ya referidas. El de la planta alta fue convertido en dos, adaptándose el más amplio como Sala Capitular, ya preexistente en aquel lugar, mediante la instalación de elementos ornamentales y artísticos. No muchos meses después se inició la adaptación del salón inferior como sala de exposiciones de los bienes artísticos más relevantes que se conservan en el templo y sus dependencias. Estas últimas obras aún permanecen inconclusas, si bien muy avanzadas. Por último, hacer especial referencia a las obras actuales, las cuales han sido originadas por el grave deterioro que sufre en su conservación la construcción del XVIII, en especial el crucero. Es de destacar las ya numerosas reparaciones que ha precisado esta parte del templo, permaneciendo, por el contrario, incólume la nave primitiva. Al objeto de posibilitar el desarrollo de las actuales obras sin cerrar la iglesia al culto, se viene utilizando desde principios del pasado verano exclusivamente la nave del templo, mediante la instalación de un tabique entre ésta y la parte barroca de la iglesia. Estas obras de consolidación permanecen paralizadas en las fechas en que se redactan las presentes notas debido a que es preciso levantar los tejados, no pudiéndose realizar esta labor, por temor al efecto de las lluvias, hasta la vuelta del buen tiempo. En unión de éstas, se han ejecutado y están proyectadas otras obras complementarias, especialmente encaminadas a mejorar la ornamentación arquitectónica y artística del templo. Se ha realizado ya un altar a los pies de la iglesia, en el lateral izquierdo de la nave, constituido por unas molduras barrocas adosadas a la misma pared con materiales de mampostería, y mesa de altar con frontal de bombo, ejecutando en la manera conocido como “de pecho de paloma”. Allí será instalado un antiguo lienzo que representa la presencia en el purgatorio de Nuestra Señora de las Angustias, conocido como “cuadro de las ánimas”. Igualmente, se prepara la apertura de dos hornacinas, actualmente tabicadas, para instalar en las mismas sendos altares. Estas se encuentran en el último tramo de la nave, constituido ya por la fábrica dieciochesca. Se da la circunstancia de que estos tres altares quedarán instalados dónde se encontraban otros tantos hasta la consolidación de los años 60, en la que fueron retirados dada su mala calidad y defectuoso estado. Entre estas obras de ornamentación es fundamental la construcción de una espadaña en el frontal de la iglesia, sobre su portada. Fue construida en septiembre de este año en materiales modernos y cubierta de cantería y vendrá a sustituir a un minúsculo campanil situado sobre la nave, el cual ha venido albergando a una pequeña pero interesante y antigua campana. Ésta presenta un grabado en una de sus caras constituido por un emblema cruciforme y una leyenda de caracteres que muy bien pudiese ser de caligrafía gótica. Ponemos aquí punto final a estas referencias históricas, las cuales, aún siendo muy incompletas, son las que actualmente se conservan, independientemente de otras muchas noticias que se omiten, bien por su carácter no trascendental, por carecer de un mínimo rigor histórico o por no encontrarse aún lo suficientemente completas o investigadas. Ello además de todos aquellos datos que no mantienen una relación más o menos directa con el recinto, sino sólo con la Hermandad. Respecto a esto último se ha de reiterar que todas las anotaciones contenidas en estos folios que se refieren a la Cofradía se citan por entender influyen notablemente en la trayectoria histórica del templo. Es igualmente necesario insistir que la limitación de datos históricos tiene su causa en la destrucción del archivo de la Hermandad, lo que acaeció tal como se narró en su momento. Si tal circunstancia no se hubiese producido, hoy tendríamos unos anales históricos con una absoluta suficiencia de datos, que nos permitirían conocer con toda exactitud el desarrollo histórico de este templo, sus dependencias y las construcciones anteriores que las precedieron.
JEREZ DE LA FRONTERA, A VEINTIUNO DE NOVIEMBRE DE MIL NOVECIENTOS OCHENTA Y CINCO
REFERENCIA A ALGUNA DE LA BIBLIOGRAFÍA Y DOCUMENTOS EXAMINADOS
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En los próximos días
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Triduo
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